jueves, 29 de mayo de 2014

En Blanco y Negro

       La puerta se cerró rápidamente y aquel nervioso hombre se sentó frente a mi.

          — Tengo un problema —Expresó rascándose la mano derecha.
          — Ha venido al lugar indicado ¿Qué le sucede?
          — No puedo soñar en colores —Fue todo lo que dio por explicación y se quedó esperando mi reacción. Pero me contuve de emitir juicio sin más información y lo invité a continuar— Veo las cosas y distancias ¡Pero sueño en blanco y negro!

       Mientras decía esto último, tomó su cabeza entre las manos y comenzó un movimiento ascendente y descendente, periódico y repetitivo.

          — Entiendo —Mis palabras intentaban calmarlo— Y esto, asumo, lo perjudica en su vida cotidiana.
          — El problema —Agregó algo más tranquilo— Es que estando en el sueño SÉ que es un sueño ¿Entiende? —Volvió a levantar su cabeza y observé que tenía los ojos irritados por las lágrimas— ¿Qué sentido tiene soñar si lo puedo distinguir de la realidad?

       Esa fue la primera sesión que tuve con el Sr. López.
       A la semana siguiente volvió a entrar de forma nerviosa, rascándose compulsivamente. Tenía marcas de autoflagelación hasta la mitad del antebrazo y unas prominentes ojeras.

          — No sé cuento tiempo puedo seguir aguantando.
          — Obviamente su problema no es físico ya que en estado consciente percibe los colores sin inconvenientes. Esto significa que tanto sus ojos como el tálamo de su cerebro funcionan perfectamente.
          — ¿Tálamo? ¿Qué es eso?
          — Es la parte del cerebro que decodifica los datos enviados por los ojos y nos hace percibir los diferentes tipos de colores.
          — Hace... hace un tiempo me golpeé muy fuerte la cabeza —En su voz sonaba un dejo de esperanza— ¿Y si de alguna forma me dañé el tálamo?
          — Es poco probable, el tálamo se encuentra en la zona central del cerebro, el golpe necesario para que el daño llegue a esa zona lo hubiera matado probablemente.

       El Sr. López no dijo nada más. Pero en sus ojos se reflejaban la batalla perdida, la resignación comparable a una muerte en vida.
       Esa fue la segunda, y última, sesión que tuve con el Sr. López.
       A la semana siguiente recibí una llamada del hospital psiquiátrico donde habían internado de urgencia al Sr. López.
       Temiendo por su condición, me dirigí a verlo. Apenas presenté mis credenciales, un amable enfermero me llevó hasta un cuarto de aislación donde el Sr. López estaba amarrado de pies y manos. En cuanto el enfermero me abrió la puerta me acerqué para ver el estado de mi paciente que reía sin parar. Tenía la cabeza vendada y se notaba que debajo de los apósitos estaba rapado.

          — ¿Lo operaron? —Increpé al enfermero— ¿Qué le hicieron? ¿Por qué está confinado de esta forma?

       Con cada pregunta sentía mi indignación crecer, tomándome la garganta y la cara como un cáncer de odio.
       El enfermero tomó el parte médico del paciente buscando su historial cuando el Sr. López volteó su cabeza y mirándome sin dejar de reír habló.

          — ¡Doctor! ¡Lo logré!

       Lo miré consternado, intentando darle sentido a sus palabras.

          — ¿Lograr qué? —Nada tenía sentido. Hasta que recordé— ¿Puede soñar en colores nuevamente?

       Pero fue el enfermero el que respondió en lugar del Sr. López

          — Se agujereó el cráneo con un taladro. Usó una mecha de veinte centímetros.

       El Sr. López soltó una carcajada histérica. Mientras repetía una y otra vez las mismas palabras.

          — ¡Lo logré! ¡Lo logré! ¡Si, lo logré!
          — ¿Logró qué? —Grité— ¿Casi matarse?

       El Sr. López detuvo su verborragia. Me miró y sonrió.

          — Ahora veo sólo en blanco y negro ¡No más colores!

       Volvió a reír. Miré al enfermero y le indiqué que ya podía retirarme. Una vez fuera del cuarto le pedí disculpas por mi actitud hacia él y me retiré.
       Mientras recorría los fríos pasillos del hospital no pude dejar de preguntarme si yo le había dado la idea al Sr. López.

jueves, 22 de mayo de 2014

En la oscuridad

       Eran las primeras horas del día cuando, finalmente, me fui a la cama. Mi mente, aún ocupada en el trabajo que había estado haciendo las últimas diecisiete horas, se sumió en un profundo sueño.
       No puedo decir cuanto tiempo había pasado cuando me despertó un trueno que hizo temblar las ventanas mientras la lluvia golpeaba contra los vidrios incansablemente. Me arropé en la oscuridad y me disponía volver a dormirme cuando escuché, proveniente desde afuera del cuarto, un ruido rítmico y constante. Maldiciendo en voz baja junté coraje para levantarme de la comodidad de la cama e ir a ver que tan grave era la gotera.
       Prendí la lámpara de la mesa de luz que durante unos breves segundos compitió en intensidad con un relámpago. Me vestí de forma apresurada, evitando tomar más frío del necesario.
       Cuando crucé el umbral del cuarto prendí la luz del pasillo en el momento justo en que un nuevo trueno sacudió la casa. Acto seguido todo quedó sumido en la más profunda oscuridad. Agotado por la mala fortuna suspiré y me pregunté si valía la pena ir a ver la caja de fusibles.
       No había dado un paso cuando me pareció que algo se movía entre las sombras, pero en cuanto miraba en esa dirección la sensación se iba. Parecía que siempre captaba el movimiento con la visión periférica.
       Creí que mi cerebro me estaba jugando una mala pasada debido al cansancio, pero mis dudas desaparecieron cuando la figura se irguió frente a mis ojos. Era parte de la oscuridad y, de alguna forma, lograba diferenciarse de ella.
       Con mucho esfuerzo retrocedí uno, dos, tres pasos alejándome. La criatura me miraba inmutable, como si fuera una estatua diabólica.
       La luz volvió de la misma forma repentina a como se había ido. Volvía a estar solo en el pasillo, agradeciendo que la luz no dejara ningún rincón sin alumbrar.

sábado, 18 de enero de 2014

La Casa

       Carlos tuvo una infancia inusual: criado exclusivamente por su padre en una época en que los divorcios no eran moneda corriente.
       Pero sus padres no se habían separado. Cuando Carlos tenía cuatro años, su madre decidió que la vida de ama de casa no era suficiente y se marchó en una búsqueda espiritual por el mundo. Nunca más supo de ella.
       El vínculo entre Carlos y Ernesto (su padre) obviamente era muy cercano, incluso en el transcurso de la época adolescente del niño. Una vez terminada la secundaria, y sin presentar una vocación definida, Carlos comenzó a trabajar con su padre en la carpintería que Ernesto había heredado a su vez de su padre. Para la sorpresa de más de uno, el recién incorporado demostró grandes habilidades manuales.
       Un día, años más tarde, Ernesto no se presentó a trabajar. Dado lo inusual de la situación Carlos cerró al medio día y fue a visitar a su padre. Lo encontró aún en la cama, pálido como las sábanas blancas que estaba usando.


          —Falleció de un paro cardíaco mientras dormía —le informó el médico— pasó de un sueño al otro.


       Una semana después, Carlos recibió un citatorio para presentarse ante una firma de abogados. Sin saber de que se trataba se puso su mejor, y único, traje y se presentó el día solicitado en la dirección solicitada.
       En una reunión totalmente formal, un abogado de apellido impronunciable le hizo entrega de los bienes que poseía su difunto padre ya que Carlos era su único heredero. Entre los inmuebles se encontraba la casa en la cual vivió Ernesto... y otra casa situada en una zona olvidada de la ciudad.


          —¿Qué es esta segunda vivienda? ¿De donde salió? —Interrogó, ya que su padre nunca la había mencionado.


       Los abogados se miraron de reojo y finalmente el de apellido impronunciable habló:


          —Su padre nos dio instrucciones específicas de mantener esa propiedad, pero se rehusaba a venderla o incluso alquilarla.

          —Pero... ¿Por qué?


       No hubo respuesta. Carlos tomó las llaves de la mesa y se dirigió hacia la dirección que figuraba en los papeles. El sol ya se estaba poniendo cuando la encontró: era una casa de dos pisos con ladrillos a la vista en un terreno un poco más grande de lo habitual. Pero su estado era lamentable: el pasto del patio frontal había crecido hasta el metro y medio de altura, todas las ventanas estaban tapadas con gruesas y viejas maderas y en varias partes faltaban tejas del techo. El remate de la situación lo ocupaba la gruesa reja que bordeaba la propiedad.


          —Como si alguien quisiera entrar... —Pensó en voz alta. Pero se dio cuenta que él estaba ahí para justamente eso.


       Carlos buscó en el manojo de llaves alguna que coincidiera en la cerradura del portón y para su asombro, el mecanismo cedió con un leve chasquido.
       La puerta principal estaba clausurada y aquellas maderas no parecían fáciles de quitar (y menos sin herramientas). Pronto descubrió que del lado izquierdo de la casa se abría paso un delgado pasillo que dirigía hacia el terreno del fondo de la propiedad. Con dificultad Carlos se abrió camino entre la maleza. La puerta posterior simplemente no existía.


          —Esto seguramente no sea una buena idea —Se dijo a si mismo mientras miraba los últimos rayos de Sol desaparecer entre los edificios distantes.


       Antes de ingresar prendió la luz del celular, tragó saliva y entró. El ambiente era una enorme cocina que se había quemado hacía años, donde estaba el horno había una forma amorfa de chapas y una mancha negra que llegaba hasta el techo. En la pileta una pila de platos y ollas que despedían un olor putrefacto y eran el centro de atención tanto de moscas como de cucarachas de todo tipo y tamaños.
       La cocina tenía una sola puerta que daba a un largo pasillo y este tenía a su derecha dos puertas, otra al fondo (que era la puerta principal clausurada) y a la izquierda se elevaba una desvencijada escalera que iba hacia el primer piso.
       Cuando entró al pasillo notó la creciente oscuridad que envolvía todo. La luz proveniente del celular no era suficiente para los grandes ambientes de la casa, pero era mejor que nada.
       La primera puerta de la izquierda daba a una habitación convertida en biblioteca, con sus paredes cubiertas de estantes desde el piso hasta el techo. En un rincón había un viejo escritorio con varios libros apilados a los costados y en el centro, un volumen encuadernado en cuero mal curado. La curiosidad pudo más que él y abrió el libro donde el viejo señalador indicaba. Se trataba de una especie de diario personal o cuaderno de notas. La escritura a mano era casi inentendible, Carlos intentó leer la última entrada:


       “El espejo no volvió a mostrarme la puerta, por más que invoqué el canto extendido mientras el fuego se consumía hasta quedar solo las brazas.
       Él espera del otro lado, Él desea salir de la prisión y yo seré el medio de su liberación... o moriré intentándolo.”



       Si las implicaciones de aquellas palabras no lo llenaron de horror, si lo hizo la fecha en que habían sido escritas: Esa misma mañana.
       Carlos cerró el libro y se dispuso a salir corriendo de ese endemoniado lugar cuando notó que no estaba solo en la habitación, una figura estaba parada bajo el marco de la puerta abierta con un gran cuchillo en la mano. El celular tembló en la mano de Carlos que estaba paralizado por el terror. La figura ladeó su cabeza hacia la izquierda y rió con un sonido que no podía provenir de cuerdas vocales humanas. Carlos intentó gritar pero no pudo emitir ningún sonido, su cuerpo no le respondía.
       La figura se acercó lentamente blandiendo el oxidado cuchillo de un lado a otro sin dejar de reír. Finalmente se detuvo a tres pasos de Carlos y se lo quedó mirando desde la oscuridad.


          —¿Finalmente viniste a visitar a mami? —Dijo entre risas y el cuchillo cortó el cuello de Carlos— Ahora el ritual está completo.


       Él cayó al suelo ahogándose en su propia sangre. A su lado, su madre recitaba palabras antiguas en idiomas ancestrales.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Robo

       La puerta cedió con un ligero chasquido quejoso. Adentro reinaba la más completa oscuridad, eso era buena señal: Por lo general indicaba que no había nadie en la vivienda.
       Raúl prendió su linterna para observar mejor. Delante de él se extendía un largo pasillo con un viejo y gastado empapelado a ambos lados. La primera puerta de la izquierda daba a una habitación que se utilizaba como depósito de cosas viejas. Si toda la casa era igual, no encontraría nada de valor para llevarse.
       La siguiente puerta estaba a pocos pasos cruzando el pasillo. Raúl giró el picaporte pero estaba cerrado con llave. La cosa empezaba a prometer: por lo general, detrás de una puerta así había algo valioso. La cerradura, si bien era más complicada de la que tenía la puerta del patio por la cual había entrado, no tardó en ceder ante las habilidades del ladrón.
       Adentro no se encontraba el botín que Raúl esperaba, el único mobiliario de aquella habitación era una tosca pero resistente silla de gruesa madera, y sentada en ella, un hombre amordazado que en cuanto lo vio, empezó a gesticular por ayuda.
       En ese instante se oyó el claro sonido de unas llaves en la puerta de entrada.
       Raúl apagó sin vacilar su linterna, mientras que el hombre amordazado continuaba pidiendo socorro. No tenía muchos lugares donde esconderse y menos en aquella oscuridad. A tientas volvió a la primera habitación segundos antes que la luz del pasillo se prendiera.
       Un hombre de traje negro se acercó caminando hasta el umbral de la otra puerta y prendió la luz del cuarto.

          —Veo que podemos agregar “abrir la puerta” a tu caja de trucos —El amordazado respondió algo inentendible— No te preocupes, todo termina esta noche.

       Raúl salió sigilosamente de su escondite con la pata de una vieja mesa en la mano. El hombre que estaba parado bajo el marco de la puerta no supo qué pasó. Se escuchó un golpe seco y algunas gotas de sangre salpicaron la puerta abierta. El hombre cayó al piso y en ese momento Raúl vio mejor el traje negro: era un cura.
       El que estaba amordazado comenzó a reír desaforadamente, golpeando sus pies contra el suelo, mientras debajo del sacerdote un charco de sangre comenzaba a formarse.

          —¿Qué hice? —Susurró Raúl y se tapaba la boca.
          —Me has ayudado a escapar —Respondieron mil voces en conjunto.

       La luz de la habitación comenzó a parpadear y con cada atisbo de luz el amordazado dejaba de parecerse a un hombre para convertirse en una abominación indescriptible.
       La lamparita del cuarto estalló y la habitación quedó a oscuras, iluminada únicamente por la pálida luz proveniente del pasillo. Raúl logró salir de su estupor y comenzó a correr hacia la puerta del fondo. En cuanto dobló por el pasillo escuchó un galope detrás suyo. La lampara del pasillo estalló también y la oscuridad se apoderó de todo.
       En el patio del fondo, un gato negro observó la puerta de la casa, segundos después siguió jugando con la luciérnaga que había atrapado.

lunes, 26 de agosto de 2013

Marta

       El pasillo estaba mal iluminado, culpa de una lamparita que se había quemado hacía dos días.
       A Marta le daba terror pasar por ese pasillo. En realidad le daba miedo muchas cosas cuando estaba sola en el departamento y eso sucedía la mayor parte del mes. El asunto era que Marta estaba casada con Enrique, un vendedor de maquinaria agrícola. En otros tiempos él hacía sus ventas desde la oficina y, ocasionalmente, en alguna exposición del rubro. Pero hacía un par de años que el mercado había empezado a mermar y las cosas no mejoraron. Enrique se vio obligado a convertirse en una especie de vendedor ambulante moderno o buscarse otro trabajo ¿Pero quien emplearía a un hombre de cuarenta y siete años que el único trabajo que tuvo durante treinta años fue vender maquinarias agrícolas? Su marido, por lo tanto, estaba fuera de la casa tres semanas de cada mes manejando un viejo Volkswagen color rojo que había heredado de su padre. Por momentos pensaba que si su fallecido suegro pudiera ver en que condiciones estaba actualmente el auto que tanto amaba y tiempo le dedicaba... se moría de nuevo.
       Ese día, sin embargo, Marta estaba de mejor semblante ya que Enrique estaba volviendo esa misma tarde. Ella había ido, por la mañana, al mercado y por la tarde se ocupó de preparar una cena especial. Sabía que Enrique no siempre comía bien cuando viajaba. Además era hacerle un mimo, uno de los muchos que tenía pensado darle. Le dijo que llegaría alrededor de las seis de la tarde; y a medida que la hora se acercaba, ella sentía una emoción creciente.
       Finalmente el reloj marcó las seis, y cada minuto a partir de ese momento parecía angustiarla. Para las siete su emoción se había transformado en tristeza, y una hora después estaba entrando en desesperación.
       A las ocho y cuarto se escuchó la llave en la puerta de entrada. Marta corrió contenta con lágrimas en los ojos hacia los brazos de su marido. Pero el hombre que se encontró bajo el marco de la puerta estaba ojeroso y cansado. No había ni un indicio de felicidad en sus facciones. Marta estuvo a punto de interrogarlo, pero la cara de Enrique estaba tan apagada que se limitó a abrazarlo, después lo acompañó al dormitorio y observó como, en forma muy lenta, se metía en la cama.
       Marta levantó la mesa sin probar bocado, sentía un nudo en la garganta ¿Tan mal irían las cosas? ¿Deberían vender el departamento y mudarse con su suegra? Cada pensamiento era un paso más en una espiral de desesperación. Finalmente, no pudiendo aguantar más, lloró en silencio.
       Desahogada, verificó que la puerta y las ventanas estuvieran bien cerradas, apagó las luces y se puso el camisón. Al meterse en la cama sintió los pies de Enrique que estaban congelados como siempre. Se separó un poco y prendió la televisión con el volumen al mínimo para no molestarlo. No era de mirar nada a esas horas, pero necesitaba la distracción. Pasó en forma automática un par de canales. Inconscientemente se detuvo en el noticiero mientras pasaban el resumen de lo más importante del día. Había algo en la imagen en pantalla que le llamaba poderosamente la atención, tardó unos segundos en reconocer al viejo Volkswagen rojo mientras era sacado de un río. No se veía a nadie adentro del vehículo aunque un gran cartel en la parte inferior de la pantalla rezaba “Fatal accidente en ruta”.
       “Debe ser una coincidencia” se repetía Marta cuando el camarógrafo enfocó la matrícula del Volkswagen... no había duda. Tragó saliva y con horror notó que el único ruido de la habitación era el de su propia respiración. Giró la cabeza hacia donde estaba, lo que creía, su marido y tuvo que taparse la boca para no gritar: el pecho de Enrique no se movía, pero sus ojos la estaban mirando.

viernes, 19 de julio de 2013

Susurros

       Martín estaba durmiendo tranquilamente en la cama cuando su pequeño hijo entró gritando y corriendo. De un salto se tiró sobre la cama y se arrastró hasta su lado.
       Martín se despertó sobresaltado, con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho.


          -¿Qué pasa petizo?
          -Hay mounstuos en mi cuarto.


       Siempre le causaba gracia como su hijo pronunciaba la palabra “monstruo”, pero intentó no reírse ante el verdadero estado de miedo del niño. Su pequeño cuerpo no paraba de temblar.
       Martín lo tomó de la mano.


          -Vení, mostrame donde están.
          -No.
          -Dale, si somos dos los superamos en número. Los monstruos nunca hacen nada si los superan en número -Intentó con esa mentira blanca darle un poco de confianza.
          -Ellos son tres.
          -Bueno... podemos llevar al gato.
          -¿El gato cuenta como persona?
          -Seguramente, no creo que ellos sepan la diferencia.


       El niño se rió ante eso y fue suficiente para que accediera a bajar de la cama.
       Cuando llegaron al cuarto, Martín entendió el porque del miedo de su hijo: Las luces que entraban por entre la persiana semi-abierta proyectaban unas sombras bastante horripilantes. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. El cielo estaba nublado y caía una tenue lluvia que no hacía el menor ruido.
       Martín tomó la correa de la persiana y dejó que se cerrara del todo.


          -¡No hagas eso! -Gritó su hijo haciéndole casi saltar del susto.
          -¿Pero por qué no?
          -Los mounstuos están en lo oscuro.


       Bufando por lo bajo, Martín volvió a levantar la persiana. Por un segundo creyó ver algo por el rabillo del ojo. Pero cuando volteó la cabeza solo estaba la acostumbrada pila de juguetes.


          -¿Ves que no hay nada?
          -Los mounstuos vienen después... y dicen cosas.
          -¿Que te dicen?


       Martín empezaba a preocuparse, no porque los monstruos sean reales, sino porque había leído que los niños, en muchas ocasiones, disfrazan problemas con este tipo de fantasías.


          -No entiendo lo que dicen, hablan muy bajito.
          -Quizás te quieren contar un chiste.


       El niño lo miró serio, intentando descubrir si las palabras de su padre eran en broma o no. Finalmente sonrió. Martín supo que había ganado.


          -Bueno, vamos. A la cama.


       El pequeño saltó a la cama y, viendo que la luz de afuera lo iluminaba completo, puso satisfecho la cabeza en la almohada.
       Martín volvió a su cuarto y se acostó. Dio un gran bostezo y cerró los ojos. Sintió como el silencio se apoderaba de todo, un leve sonido agudo marcó que el oído se agudizaba y su respiración se relajó.
       Escuchó algo y se despertó mirando en todas direcciones. No fueron palabras concretamente, sino más bien susurros.


          -Lo que faltaba, que las pesadillas de mi hijo no me dejen dormir.


       Volvió a cerrar los ojos y cayó en un profundo sueño.
       Mientras, desde la oscuridad, criaturas recitaban palabras ancestrales cuyo poder abominable son las semillas de nuestras peores pesadillas.

martes, 30 de abril de 2013

Obituario

       Por el diario de hoy me enteré que había fallecido Carlos Pruma. No soy una persona de leer los obituarios, simplemente miro la cantidad de avisos y me pregunto cuanta gente habrá muerto que no publican, que no recibe su saludo en las hojas blanco y negras. Y así, pasando la mirada me encontré con su nombre. Leí el aviso: “Querido hijo de Fulano y Fulanita”. No había duda alguna, era él. Un escalofrío me recorrió la espalda.
       Carlos era mi mejor amigo de la infancia y, como todo en aquella época, se debía a que vivíamos cerca. Más específicamente en el mismo edificio. Él en el quinto piso y yo en el segundo.
       Carlos tenía dos hermanos mayores, unos cinco o seis años más grandes si mal no recuerdo, mellizos idénticos. Mi madre siempre me contaba lo terrible que esos dos eran, que Carlos y yo, a su lado éramos unos santos. Obviamente, eso nos daba mucha bronca, porque no queríamos ser menos. Por lo tanto nos esforzábamos en meternos en la mayor cantidad de líos que pudiéramos. Bueno, al menos yo lo intentaba, a Carlos -Creo yo- le salía ya por naturaleza.
       A una cuadra de casa había un edificio de Entel (La Empresa Nacional de Telecomunicaciones para los más jóvenes) el cual, como toda oficina estatal, quedaba vacío los fines de semana y que nuestro pequeño grupo de forajidos encontraba excesivamente tentador. Entrar no era tan fácil, había que subirse por la pared de ladrillos de la casa de al lado (sin que te descubrieran), llegar al balcón del primer piso y de ahí saltar al techo del garage de Entel. Confieso que no entrábamos al edificio en si, pero en el patio interior había unos enormes contenedores los cuales eran la fuente proveedora de nuestros cables.
       Aún recuerdo esos momentos y no puedo dejar de sonreír. Solamente hay un recuerdo que me atormenta y me persigue, aún hoy, en mis sueños: La casa embrujada. Naturalmente la casa no estaba realmente embrujada, pero cuando tenés diez años toda casa vacía esta sin lugar a dudas poseída con espíritus.
       Nuestra casa embrujada era inmensa, con un patio gigante al frente donde había árboles más gruesos y tupidos que cualquiera de los que se encontraban en la vereda. Delimitando el terreno había unas columnas de tres metros de altura con rejas. Con lo cual siempre mirábamos nuestra casa embrujada desde la calle. Era imposible entrar a ese lugar. Soñábamos con sus grandes ventanales, esa extraña torre de cuatro pisos y por sobre todo, con su soledad.
       El verano siguiente nos trajo un regalo inesperado: la casa embrujada se había vendido y la iban a demoler para construir unos duplex. Era uno de esos veranos sofocantes de ciudad, donde no se podía respirar. Carlos vino con una idea brillante: llevarle a los obreros una bolsa llena de cubitos de hielo. Ni lerdos ni perezosos atacamos las heladeras de nuestras casas y juntamos una cantidad increíble de cubitos que llevamos al instante al primer obrero que vimos. El muchacho (debía ser un muchacho, pero no lo recuerdo) aceptó nuestra petición y de esa forma obtuvimos un pase gratis para recorrer el inmueble.
       El ventanal de la izquierda daba a una cocina vieja, muy vieja. La realidad nos decepcionó un poco y creo que hasta nos dolió. Por suerte el ventanal derecho nos deparaba una sorpresa: era una especie de salón de baile inmenso, con un piso de madera perfecto. Automáticamente me imaginé grandes fiestas y bailes ambientados al estilo del siglo XVII (ahora sé que era una fantasía imposible, pero para mi mente de aquel momento era así). Creo que a Carlos y a mi se nos escapó un “Faaaaaaaaaaaaaaa”, la casa empezaba a pintar mejor.
       No recuerdo mucho del resto, salvo cuando llegamos a la torre. Eran simplemente habitaciones muy chicas con una escalera caracol que comunicaba con la superior. No tengo idea de cual era su finalidad ya que no había nada que nos diera una pista. Por lo tanto subimos y subimos.
       Al llegar al cuarto piso descubrimos por la ventana de la habitación una escalera externa que conducía al techo, no hizo falta decir nada. Tan solo una mirada y ambos salimos corriendo hacia afuera. Cuando estábamos llegando a la pequeña terraza la escalera se sacudió de una forma que el corazón casi se me escapa del pecho. La estructura metálica, sin cuidado durante tanto tiempo, había sucumbido ante el óxido. Desde arriba analizamos la situación y decidimos que lo mejor era bajar de a uno, de esta forma el peso sería el mínimo. Yo bajé primero, la escalera parecía moverse con el viento y me costaba horrores mover cada pierna. Cuando finalmente volví a cruzar la ventana del cuarto piso, sentí que me volvía el alma al cuerpo. Estaba tan nervioso que las manos me temblaban. Carlos empezó a bajar pero, como siempre, tenía que ser más que yo y cuando estaba a tres escalones decidió saltarlos cayendo con ambos pies en el descanso que estaba justo afuera de la ventana. Vi su sonrisa de satisfacción transformarse en terror cuando la escalera externa cedió y cayó con el.
       Bajé corriendo los cuatro pisos y lo encontré en el gran salón con el suelo de madera. Un grupo de obreros miraban atónitos el amasijo de hierros oxidados cubiertos en sangre. El muchacho que nos había dejado entrar, al que le habíamos dado la bolsa con cubitos, me hizo jurar que nunca le diría a nadie lo que pasó ahí. De lo contrario todos, incluido yo, iríamos presos.
       A Carlos lo enterraron junto con la escalera oxidada en el fondo de la casa embrujada.
       Cuando me preguntaron por él, respondí que no sabía donde estaba hasta que, al final, la policía dijo que probablemente había huido de su casa.
       Nunca volví a hablar de Carlos hasta el día de hoy, en que leí su obituario en el diario.