martes, 30 de abril de 2013

Obituario

       Por el diario de hoy me enteré que había fallecido Carlos Pruma. No soy una persona de leer los obituarios, simplemente miro la cantidad de avisos y me pregunto cuanta gente habrá muerto que no publican, que no recibe su saludo en las hojas blanco y negras. Y así, pasando la mirada me encontré con su nombre. Leí el aviso: “Querido hijo de Fulano y Fulanita”. No había duda alguna, era él. Un escalofrío me recorrió la espalda.
       Carlos era mi mejor amigo de la infancia y, como todo en aquella época, se debía a que vivíamos cerca. Más específicamente en el mismo edificio. Él en el quinto piso y yo en el segundo.
       Carlos tenía dos hermanos mayores, unos cinco o seis años más grandes si mal no recuerdo, mellizos idénticos. Mi madre siempre me contaba lo terrible que esos dos eran, que Carlos y yo, a su lado éramos unos santos. Obviamente, eso nos daba mucha bronca, porque no queríamos ser menos. Por lo tanto nos esforzábamos en meternos en la mayor cantidad de líos que pudiéramos. Bueno, al menos yo lo intentaba, a Carlos -Creo yo- le salía ya por naturaleza.
       A una cuadra de casa había un edificio de Entel (La Empresa Nacional de Telecomunicaciones para los más jóvenes) el cual, como toda oficina estatal, quedaba vacío los fines de semana y que nuestro pequeño grupo de forajidos encontraba excesivamente tentador. Entrar no era tan fácil, había que subirse por la pared de ladrillos de la casa de al lado (sin que te descubrieran), llegar al balcón del primer piso y de ahí saltar al techo del garage de Entel. Confieso que no entrábamos al edificio en si, pero en el patio interior había unos enormes contenedores los cuales eran la fuente proveedora de nuestros cables.
       Aún recuerdo esos momentos y no puedo dejar de sonreír. Solamente hay un recuerdo que me atormenta y me persigue, aún hoy, en mis sueños: La casa embrujada. Naturalmente la casa no estaba realmente embrujada, pero cuando tenés diez años toda casa vacía esta sin lugar a dudas poseída con espíritus.
       Nuestra casa embrujada era inmensa, con un patio gigante al frente donde había árboles más gruesos y tupidos que cualquiera de los que se encontraban en la vereda. Delimitando el terreno había unas columnas de tres metros de altura con rejas. Con lo cual siempre mirábamos nuestra casa embrujada desde la calle. Era imposible entrar a ese lugar. Soñábamos con sus grandes ventanales, esa extraña torre de cuatro pisos y por sobre todo, con su soledad.
       El verano siguiente nos trajo un regalo inesperado: la casa embrujada se había vendido y la iban a demoler para construir unos duplex. Era uno de esos veranos sofocantes de ciudad, donde no se podía respirar. Carlos vino con una idea brillante: llevarle a los obreros una bolsa llena de cubitos de hielo. Ni lerdos ni perezosos atacamos las heladeras de nuestras casas y juntamos una cantidad increíble de cubitos que llevamos al instante al primer obrero que vimos. El muchacho (debía ser un muchacho, pero no lo recuerdo) aceptó nuestra petición y de esa forma obtuvimos un pase gratis para recorrer el inmueble.
       El ventanal de la izquierda daba a una cocina vieja, muy vieja. La realidad nos decepcionó un poco y creo que hasta nos dolió. Por suerte el ventanal derecho nos deparaba una sorpresa: era una especie de salón de baile inmenso, con un piso de madera perfecto. Automáticamente me imaginé grandes fiestas y bailes ambientados al estilo del siglo XVII (ahora sé que era una fantasía imposible, pero para mi mente de aquel momento era así). Creo que a Carlos y a mi se nos escapó un “Faaaaaaaaaaaaaaa”, la casa empezaba a pintar mejor.
       No recuerdo mucho del resto, salvo cuando llegamos a la torre. Eran simplemente habitaciones muy chicas con una escalera caracol que comunicaba con la superior. No tengo idea de cual era su finalidad ya que no había nada que nos diera una pista. Por lo tanto subimos y subimos.
       Al llegar al cuarto piso descubrimos por la ventana de la habitación una escalera externa que conducía al techo, no hizo falta decir nada. Tan solo una mirada y ambos salimos corriendo hacia afuera. Cuando estábamos llegando a la pequeña terraza la escalera se sacudió de una forma que el corazón casi se me escapa del pecho. La estructura metálica, sin cuidado durante tanto tiempo, había sucumbido ante el óxido. Desde arriba analizamos la situación y decidimos que lo mejor era bajar de a uno, de esta forma el peso sería el mínimo. Yo bajé primero, la escalera parecía moverse con el viento y me costaba horrores mover cada pierna. Cuando finalmente volví a cruzar la ventana del cuarto piso, sentí que me volvía el alma al cuerpo. Estaba tan nervioso que las manos me temblaban. Carlos empezó a bajar pero, como siempre, tenía que ser más que yo y cuando estaba a tres escalones decidió saltarlos cayendo con ambos pies en el descanso que estaba justo afuera de la ventana. Vi su sonrisa de satisfacción transformarse en terror cuando la escalera externa cedió y cayó con el.
       Bajé corriendo los cuatro pisos y lo encontré en el gran salón con el suelo de madera. Un grupo de obreros miraban atónitos el amasijo de hierros oxidados cubiertos en sangre. El muchacho que nos había dejado entrar, al que le habíamos dado la bolsa con cubitos, me hizo jurar que nunca le diría a nadie lo que pasó ahí. De lo contrario todos, incluido yo, iríamos presos.
       A Carlos lo enterraron junto con la escalera oxidada en el fondo de la casa embrujada.
       Cuando me preguntaron por él, respondí que no sabía donde estaba hasta que, al final, la policía dijo que probablemente había huido de su casa.
       Nunca volví a hablar de Carlos hasta el día de hoy, en que leí su obituario en el diario.

viernes, 15 de marzo de 2013

Grito

       Hoy dormitaba plácidamente entre mis sábanas cuando un grito, un grito desgarrador me sacó de mi subconsciente. Miré atontado en todas direcciones buscando la fuente de aquella voz, pero un recuerdo que se negaba a ir me decía que aquel grito había sido producido mucho más lejos.
       Llamé con voz ronca al gato negro que suele acompañar mi días, no hubo respuesta aunque todas las ventanas estaban cerradas y el azabache animal estaba adentro cuando me acosté.
       Perezosamente me levanté y busqué ropas para escapar del frío invernal. Asomé mis despeinados pelos por la abertura de la puerta, pero el pasillo ante mi estaba en penumbras y ni una mosca parecía atreverse a detener esa monotonía.
       Estaba a punto de gritar al éter si había alguien ahí, pero la sola idea de que alguien (o algo) responda desde la sombras hizo que todo mi cuerpo se estremezca. Con paso dubitativo recorrí ese pasillo que tantas veces he recorrido pero que hoy, a la falta de luz y con aquel grito desgarrador, parecía interminable.
       Al final del corredor están las escaleras cuyos peldaños descienden hacia la sala principal. Cauteloso me asomé, pero nada parecía extraño. Bajé los escalones con más confianza, al fin y al cabo mi mente medio dormida pudo haber sido la creadora de aquel horrible grito. Mis oídos, agudizados en busca de cualquier cosa inusual, llamaron mi atención ya que desde afuera de la casa parecía provenir un ligero zumbido conocido. Al correr las cortinas principales, pude observar con placer que una fina lluvia regaba el pasto del gran patio trasero. ¿Había sido la lluvia, o mejor dicho un trueno, lo que confundí con un grito humano? ¿o finalmente la excesiva ingesta de café nocturno pasaba a cobrar factura?
       Así me encontraba, justificando mis temores con banalidades, cuando descubrí en el vidrio que tenía frente a mí, el reflejo de una persona que se acercaba por mis espaldas. Giré lo suficientemente rápido para observar que en su mano derecha había un cuchillo. La lucha fue corta y bruta, ninguno de los dos teníamos conocimientos prácticos sobre este tipo de contienda y rápidamente la pelea se definió por quien de los dos poseía el arma. Después de un breve forcejeo, pude tomar el puñal y sin pensarlo dos veces lo hundí en el pecho de mi atacante quien dejó de moverse casi instantáneamente.
       Si bien no podía ver su rostro, ya que estaba de costado, encontraba algo familiar en sus facciones. Con temor me acerqué y giré su cara aún tibia hacia la luz que entraba por la gran ventana.
       Un horror indescriptible se apoderó de mi cuando observé mi imagen en el rostro del cuerpo agonizante ¿Cómo era esto posible?. Mi mente vagaba buscando respuestas cuando mi doble moribundo abrió sus ojos lentamente e intentó sonreír. Sus dientes, bañados en sangre fresca, más aquella mirada de puro odio me llenaron de temor. Intenté alejarme de él. Pero el maldito me tomó por el pantalón evitando mi huida. Fue en ese momento que el pánico pudo más y emití un grito desesperante. Mi atacante sonrió incluso más para finalmente morir.
       Mi corazón latía a una velocidad increíble mientras observaba el cadáver que tenía enfrente. En ese momento escuché un ruido conocido proveniente del piso superior, era el sonido de mi armario al abrirse. Sin perder tiempo, arrastré el cuerpo muerto hasta la puerta del sótano, quité el cuchillo de su pecho y empujé sus restos inertes escaleras abajo. Esperé unos segundos eternos con el puñal en mi mano hasta que el familiar ruido de los escalones me indicó que estaba bajando. Desde las sombras me pude ver acercarme a la gran ventana y sigilosamente me aproximé por detrás. Esta vez no podía perder.

lunes, 25 de febrero de 2013

Llanto

       Los empleados de la empresa de mudanza estaban subiendo las últimas cosas cuando Fernanda vio aquellos ojasos marrones asomarse por la puerta. Observaban todo con una curiosidad que parecía insaciable.

          — Buenos días —Le dijo Fernanda.
          — ¡Hola! —Fue la cálida respuesta acompañanada de una inmensa sonrisa.
          — Me llamo Fernanda y con Gabriel, mi marido, nos estamos mudando. ¿Vos como te llamas?
          — Flor, vivo ahí —Dijo mientras señalaba con aquellos dedos regordetes la puerta que había del otro lado del pasillo.
          — Un gusto enorme Flor. Si me esperás creo que tengo caramelos en algún lado.

       Fernanda buscó en las cajas más cercanas, pero era imposible saber que había adentro.

          — Mirá Flor, la verdad es que... —Comenzó a decir, pero se dio cuenta que la nena ya no estaba ahí.

       Fernando se asomó al pasillo y llegó a ver como la puerta de enfrente terminaba de cerrarse mientras emitía un pequeño chasquido.
       Esa noche los nuevos inquilinos se fueron a dormir abrazados después de un día agotador Gabriel tenía la teoría que se debía avanzar todo lo posible el primer día de la mudanza ya que era visto después, en perspectiva, como el único día en que realmente se hacía algo. Caja que quedaba sin abrir después del primer día podía quedarse cerrada por meses.
       A las dos de la mañana escucharon por primera vez, colándose por debajo de la puerta, por la ventana semi abierta e incluso a través de las gruesas paredes, el llanto de un bebé.
       Fernanda y Gabriel no tenían hijos, por lo cual el motivo de aquel llanto era un enigma. Pero aquellos gritos agudos y desgarradores, golpeaban contra sus oídos clavándose dolorosamente.
       Aquella fue la primera noche que no pudieron dormir. A la mañana siguiente, mientras Fernanda arrastraba los pies hacia su tasa de café, observó un pequeño papel que alguien había colado por debajo de la puerta de entrada. Con la marca de la almohada impresa en la forma de sus cabellos negros, se agachó a recoger la, seguramente, primer factura que les llegaba.
       El atontado cerebro de Fernanda, aún sin su café, tardó unos segundos en comprender que aquel simple pedazo de papel no era una boleta a pagar. En cambio era una nota escrita con una caligrafía aún en desarrollo, que decía:

       “Perdón por los llantos de mi hermanito, tiene muchas pesadillas y por eso llora.
       Afuera hay un pedazo de torta.
       Saludos.
       Flor”

       Al abrir la puerta, Fernanda descubrió con asombro, que efectivamente había un gran pedazo de torta de chocolate guardado en un viejo taper azul. Mientras cerraba la puerta, con el taper azul ahora en su mano, Gabriel salió del cuarto.

          — Mmm ¿y eso?
          — Es de los vecinos, tiene una nota que piden perdón por los llantos del bebé. —Mira el taper azul en su mano— Y nos regalaron torta.

       El primer desayuno en un nuevo hogar siempre es especial, pero esa mañana tanto Fernanda como Gabriel estaban en la cumbre de su felicidad.
       El día transcurrió acomodando libros, poniendo lámparas en el techo y haciendo el amor.
       Después de cenar, se dieron un merecido baño (en donde ella tardó doce minutos y él veinticinco) y cayeron rendidos sobre el colchón.
       Nuevamente, a las dos de la mañana, como una alarma diabólica el llanto del bebé se coló en el departamento. Ninguno pudo volver a dormirse.
       Cuando el despertador se activó a las seis y media de la mañana, ambos tenían ojeras ennegrecidas marcadas en sus ojos. Fernanda llamó a su trabajo y explicó que no se sentía bien. Gabriel iba a hacer lo mismo, pero recordó que ese lunes tenía una importante reunión con unos clientes. Maldiciendo su suerte se levantó y se puso a buscar una camisa en el placard mientras Fernanda, mitad por culpa y mitad por amor, fue a la cocina para prepararle el desayuno.
       Debajo de la puerta de entrada estaba nuevamente una nota pidiendo disculpas y afuera un taper color rojo con una nueva porción de torta adentro.
       Después de desayunar Gabriel besó a Fernanda y se fue a trabajar. Ella intentó ponerse a ordenar el contenido de una caja pero no pudo y volvió a la cama. Un par de horas después se despertó recuperada en gran parte. Se puso la misma ropa que se había sacado y se lavó la cara.
       Fernanda iba a ponerse nuevamente a ordenar, pero decidió que primero devolvería los tapers a sus vecinos, no quería causarles la impresión equivocada.
       Cuando abrió su puerta encontró a Carlos, el portero del edificio, que estaba pasando un trapo húmedo al pasillo.

          — Buen día Carlos
          — Buen día doña Fernanda ¿Cómo le va?
          — Un poco cansada, no estamos durmiendo bien por el llanto del bebé del departamento de enfrente. Pero son vecinos muy amables. —Agregó rápidamente mientras caminaba hacia la puerta del otro lado del pasillo. No quería sonar como si estuviera presentando una queja.

       Fernanda golpeó la puerta vecina cuando detrás de ella un ruido la hizo girar. A Carlos se le había caído el trapeador de la mano y su rostro estaba completamente pálido.

          — ¿Carlos, se encuentra bien? —Preguntó preocupada.

       Carlos tragó saliva y con un esfuerzo realmente visible pudo responder:

          — ¿Es-escucha llantos de ese departamento?
          — Si, bueno, pero son gente muy amable. No es culpa de ellos, además Flor es muy dulce, nos pidieron disculpas y nos regalaron como media torta.

       A medida que Fernanda explicaba podía notar la mueca de terror que se formaba en el rostro del portero. Temblando de pánico Carlos intentó que sus pies se movieran para huir pero Fernanda lo tomó dulcemente del brazo y le preguntó nuevamente si se sentía bien.
       Sin despegar los ojos de la puerta del otro lado del pasillo Carlos explicó

          — En ese departamento vivían los Roldán, una pareja con dos chicos: una nena y un bebé. Una noche, mientras los padres dormían, la nena quiso prepararle una torta a su hermanito pero terminó prendiendo fuego a todo el departamento. Todos se quemaron vivos.

       Ambos se quedaron mirando la puerta al otro lado del pasillo esperando que algo suceda. Pero nada ocurrió. Cuando Gabriel volvió esa tarde, Fernanda le explicó con terror toda la historia. Él intentó convencerla de que, seguramente, era una broma de mal gusto de Carlos, pero ella le mostró varias hojas impresas de diarios que encontró en internet. Todo era verdad.
       Esa noche, a las dos en punto de la mañana se volvió a escuchar el llanto. Pero ni Fernanda ni Gabriel estaban durmiendo.

miércoles, 23 de enero de 2013

El ladrón

       La ventana no ofreció ninguna resistencia, Marcos ya sabía después de tantos años como hacer un magnífico trabajo. La casa estaba sumida en la más completa oscuridad, no obstante las luces provenientes de la calle le dejaban moverse por el sitio sin problemas.

       Pronto encontró el cuarto que buscaba tal como se lo había descrito su cliente, era una habitación con estantes desde el piso hasta el techo repleta de libros en una cantidad que Marcos jamás había visto.

       En el segundo estante, nuevamente como se le había dicho, estaba lo que había ido a buscar: un grueso libro de tapas marrones (O al menos habían sido marrones hacía mucho tiempo ya que se encontraba en un estado bastante precario) escrito en algún momento del siglo VIII.

       El enigmático volumen no tenía título en su tapa, la curiosidad pudo más y abrió el libro. La primera página tenía escrito en pluma con una hermosa caligrafía una simple línea:

          “Abandonan toda esperanza de salvación si os atrevéis a leer este libro”

       Aquello le causó un poco de gracia, ya que la finalidad de un libro es, al fin y al cabo, ser leído. ¿De qué vale escribir algo para que no sea leído? Por lo tanto pasó otra página invadido por una curiosidad que no podía evitar.

       Marcos miró hacia la puerta abierta de la habitación, no es que se hubiera escuchado ningún ruido, tenía perfectamente confianza en sus dones para saber que los propietarios del domicilio seguían durmiendo pacíficamente en el piso de arriba sin saber de su presencia.

       La primera página completamente escrita contenía la misma tinta y caligrafía exquisita de aquel primer mensaje.

          “La obra que sostenéis en vuestra mano esta encuadernada con mi propia piel…”

       El leer aquellas palabras casi hace que el libro se le escape de las manos. Observó más detenidamente el lomo del ejemplar y con horror comprobó la veracidad de aquellas letras en tinta. Se disponía a guardar el libro en su mochila y salir de ahí cuando una pregunta sacudió su mente ¿Qué era exactamente el contenido que le habían pagado una suma importante de dinero para obtenerlo? Pero sacó de su cabeza aquella duda, no lo contrataban para cuestionar intenciones. No había dados muchos pasos cuando un nuevo pensamiento apareció, era un recuerdo tan lejano que apenas creía en su veracidad: hace unos quince años había pasado un tiempo tras las rejas, producto de su falta de experiencia en aquel momento (cosa que se preocupó por no repetir). Un compañero de pabellón, el que estaba ahí por falta de espacio en el sector psiquiátrico no paraba de hablar sobre un libro maldito

          “El libro es la llave y la llave es el libro. Las puertas no estarán cerradas por siempre y cuando vengan los que moran más allá de las esferas concebidas será nuestro final”

       Repetía aquellas palabras una y otra vez, todo el día… todos los días. ¿Sería este el libro del que hablaba el loco? Volvió a tomar el ejemplar y recorrió sus páginas al azar, buscando señales. Pronto comprobó, para su horror, que en efecto era real. Quizás demasiado real para su voluntad.

       Un pequeño crujido lo sacó de su estupor y al mirar detenidamente Marcos encontró un par de ojos que lo observaban desde la profunda oscuridad que existía afuera de la habitación. Lo primero que pensó fue en el cuchillo de cazador que siempre llevaba en la cintura, pero cuando aquel ser entró sin emitir un solo sonido en el cuarto Marcos no pudo mover ni un músculo. Ante él había un decrépito hombre de cabellos completamente canos, vestido únicamente con los pantalones de unos pijamas a rayas azuladas. Pero lo que dejó sin aliento al ladrón fue la irrevocable huella que marcaba el pecho del anciano: un rectángulo perfectamente marcado, como si hace muchos, muchos años… le hubieran arrancado la piel.

miércoles, 9 de enero de 2013

Reflejos

       A Gustavo le gustaba, de pequeño, la casa de su abuela porque tenía un inmenso espejo en el living. De casi dos metros de largo y desde el techo hasta el piso ocupaba aquel cristal. A su abuelo no lo había llegado a conocer ya que había fallecido muchos años antes de que él naciera.

       La casa de su abuela era enorme, resultado de viejas épocas de bonanza, y Gustavo podía ir y venir por donde quisiera. El único lugar donde su abuela lo controlaba era en el cuarto de servicio, habitación que se utilizaba básicamente para guardar toda clase de cosas.

       Su abuela le decía que lo observaba en aquel lugar porque tenía miedo que se lastime con alguna de las tantas porquerías almacenadas. Pero con el paso del tiempo Gustavo se dio cuenta que ella no lo controlaba a él, su atención se centraba en uno de los objetos: una vieja puerta con su marco. Cada vez que el niño tocaba sin querer aquel gran pedazo de madera, su abuela lo miraba fijamente, mientras que el resto del tiempo se la pasaba tejiendo o haciendo crucigramas.

       Los años pasaron y Gustavo se fue a vivir solo. Sin ningún mueble propio y con lo mínimo en vajilla se acomodó en la nueva residencia. Su abuela, ya inmovilizada en una silla de ruedas, le ofreció varias cosas para completar su nuevo hogar. Y fue, mientras revisaba en aquel cuarto de servicio, que las sospechas y los recuerdos aparecieron nuevamente.

          - Podes llevarte cualquier cosa menos esa vieja puerta.

       La indicación provenía de su tío, el hijo mayor de la abuela. No era alguien con el que Gustavo tuviera particularmente una buena relación, tampoco mala. Simplemente era poca.

          - ¿Y para que quiero una puerta? Eso es una de las pocas cosas que ya viene con el departamento.
          - Yo te aviso nada más.

       En aquel momento no dijo nada, pero su curiosidad sobre aquel objeto prohibido se clavó en su mente.

       Un par de meses después tuvo su oportunidad: su Abuela se había ido por el fin de semana en una excursión con otros jubilados y su tío estaba tapado de trabajo. Por primera vez podía observar detenidamente aquella puerta sin que nadie lo controle. Pero después de un buen rato no encontró motivo por el cual hacían tanto escándalo con aquel pedazo de madera. ¡Si ni siquiera tenía un picaporte!

       Las horas pasaron y la luz en aquel atiborrado cuarto fue mermando. La pequeña bombilla del techo no ayudaba por lo que Gustavo, con mucho trabajo, llevó la puerta hacia el living que miraba al Oeste y todavía permitía que entre la claridad por su ventana.

       La vieja puerta no tenía ninguna marca, escrita o tallada. Estaba pintada con el mismo celeste horrible desde que él tenía memoria y parecía haber estado en algún tipo de inundación hace mucho, mucho tiempo.

       Cansado, o más bien decepcionado, fue a buscar algo de comer a la heladera. Su abuela siempre tenía algo en caso de que alguno de sus nietos cayera sin avisar.

       Cuando volvió al living, Gustavo notó algo raro. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero con asombro comprobó que la puerta era diferente reflejada en el gran espejo. Parecía el juego de encontrar las siete diferencias entre dos imágenes prácticamente iguales. Aunque en este caso, había una sola desigualdad: la puerta del espejo tenía picaporte.

       Extendió su mano, guiándose por la imagen reflejada y sintió el contacto de sus dedos con el frío metálico. Con el corazón latiéndole a toda velocidad giró su mano y pudo escuchar el chasquido del cerrojo al abrirse. Las bisagras se quejaron ruidosamente mientras la vieja estructura se abría.

       Gustavo miró en ese momento la verdadera puerta que se encontraba a su lado. Pero si bien sentía el peso en su mano, no estaba sujetando nada. La puerta “real” seguía cerrada. Miró nuevamente el reflejo en el espejo, mientras abría la otra puerta… del otro lado no había nada más que oscuridad.

       Una leve brisa le movió el cabello. Gustavo estaba casi paralizado por el terror, pero su asombro ante aquella situación podía más que su raciocinio.

       Extendió su mano hasta que dejó de verla dentro de aquella oscuridad, mientras que en el mundo real su brazo traspasaba la madera como si esta no existiera. Empezó a reírse, sin saber porque y alguien dentro de aquella oscuridad rió también.

       Presa del más profundo terror intentó retirar rápidamente su mano, pero descubrió que no podía. No sentía que nada lo sujetaba, podía mover la mano perfectamente de aquel lado, simplemente no podía sacarla.

       La risa del otro lado se hizo más presente y Gustavo luchaba con desesperación por sacar su mano de ahí. Sin que nadie o nada lo sujete, la propia oscuridad comenzó a tirar. Llevándolo centímetro a centímetro hacia aquel lugar. Gustavo gritó pidiendo una ayuda que nunca apareció. Gritó con todas sus fuerzas hasta que la oscuridad lo absorbió.

       La puerta en el espejo se cerró lentamente, emitiendo únicamente un leve chasquido cuando del pestillo se cerró.

viernes, 16 de noviembre de 2012

El viajero

       La historia que les voy a contar no es mi historia. Yo soy tan sólo un mero observador del verdadero protagonista: Roque.
       Es difícil decir cual es el principio de todo porque yo era muy chico y mis recuerdos no son tan precisos como desearía. Por lo tanto no puedo contar cuando fue la primera vez que vi a Roque, pero si puedo contar cuando nos hicimos amigos. Era verano -o primavera- y yo estaba jugando con algunos amigos de la cuadra en la vereda del edificio donde vivía con mi madre. Era un edificio normal, de ocho pisos de altura y cuatro departamentos por piso. Un amigo, el cual tampoco puedo recordar el nombre, vivía en el 2B, mi madre y yo en el 7D. Al lado de nuestro edificio había otro de sólo tres pisos de altura con dos balcones por piso mirando a la calle. En ese pequeño bloque de departamentos vivía Roque.
       El día en que nos hicimos amigos Roque salió del edificio corriendo con la cara blanca mirando hacia el cielo. Con el resto de los chicos nos acercamos y le preguntamos que le pasaba, sin dejar de mirar al cielo nos dijo algo que nos dejó petrificados:

          - Están bombardeando Buenos Aires

       Todos, incluyéndome, corrimos a la seguridad del hogar. Entre llantos le conté a mi madre del bombardeo y casi una hora después me hizo entender que de suceder algo así, lo estarían avisando por la televisión o la radio y que estábamos completamente a salvo.
       Cuando salí a la calle nuevamente Roque seguía ahí, mirando al cielo. Me acerqué e intentando parecer lo más maduro posible (creo que yo tenía cerca de diez años en ese momento) le dije:

          - Como nos hiciste caer...

       Roque me miró con cara rara y sin decir palabras me pasó el diario que tenía en la mano. En la tapa se veía una foto de un hombre corriendo, tres cadáveres a su alrededor y el titular en grandes letras blancas “Bombas sobre plaza de mayo”. Debo admitir que en ese momento estaba muy confundido, sobre todo cuando encontré la fecha del periódico: 16 de Junio de 1955. Sintiéndome presa de otra broma igualmente le confesé a Roque:

          -¡Pero este diario es viejísimo!
          -¿Si? ¿Seguro? ¿En... en que año estamos?
          -1987...

       Aunque era una pregunta totalmente extraña, Roque respiró aliviado, me regaló una sonrisa y silbando contento volvió a su casa. Yo, totalmente fascinado ante la situación, lo miré con ojos muy abiertos como caminaba lentamente y pensaba para mis adentros: Roque, mi vecino ¡Es un viajero del tiempo!
       Aquel hombre mayor, de piel curtida y pelo cano, se convirtió muy pronto en mi mejor amigo. Casi todos los días, mientras tomaba mate desde la ventana de su departamento en planta baja, me contaba los lugares (o tiempos mejor dicho) que había visitado: Así supe detalles sobre la llegada del hombre a la Luna que Roque había visto la noche anterior, la segunda guerra mundial que se había iniciado esa mañana o el golpe de estado encabezado por Videla que estaba en marcha.
       Así compartimos muchas tardes.
       Algunos años después, Roque salió a la vereda gritando a toda voz y tirando fuegos artificiales. Una de las vecinas (a la que le decíamos simplemente “La vieja”) llamó a la policía. Cuando interrogaron a Roque por el escándalo, este simplemente respondió que estaba festejando el gol que El Diego, con la mano, le había hecho recién a los ingleses. Los dos oficiales se miraron y mientras uno volvía al patrullero el otro se quedó charlando con mi vecino. Pocos minutos después llegó una ambulancia y se lo llevaron. La policía entró a la casa de Roque, yo no pude aunque me moría de ganas, pero vi que sacaron una cantidad increíble de periódicos: pilas y pilas de diarios amontonados.
       Cuando le pregunté a mi madre dónde se lo habían llevado me dijo que Roque necesitaba ayuda, que su cabeza no estaba bien y ahora lo iban a cuidar. Yo en ese momento me preocupé, no sabía como funcionaba el sistema para viajar en el tiempo de Roque, pero temía que si estaba vigilado no pudiera hacerlo más.
       Me costó casi cinco meses enterarme que lo habían internado en el Borda. Cuando lo fui a visitar, me atendió una señora enorme que casi no me dejó entrar por no ser familiar, pero como nadie lo visitaba al pobre viejo me dejó pasar igual. A partir de ese día iba a verlo todos los meses al menos una vez y Roque me seguía contando cosas: Como ese día, según él 23 de septiembre, el presidente Perón firmó el decreto para que cualquier mujer del país pudiera votar. Me emocionaba que a pesar de estar en ese lugar, pudiera seguir viajando.
       No pasó mucho hasta que un día, cuando entré en el gran edificio que es el Borda, Matilde (tal es el nombre de la señora enorme de la recepción) me dijo que Roque estaba muy mal de salud. Cuando me acerqué a su cama, comprobé con tristeza en mi corazón que mi mejor amigo estaba realmente mal. Me senté a su lado y le tuve la mano. Sus ojos me buscaron y cuando finalmente me encontró sonrió. Sus labios se movieron un poco.

          -Gracias -Me dijo.

       Una lágrima comenzó a deslizarse por mi mejilla y finalmente me animé a preguntarle.

          -Roque ¿Puede usted, en serio, viajar por el tiempo?

       Y me miró fijo, como si hubiera dicho un secreto en voz alta. Sonrió nuevamente y pronunció las siguiente palabras:

          -Sólo me queda un viaje por hacer...

       Me dio unas palmaditas en la mano y cerró sus ojos. Jamás los volvió a abrir.
       Yo sé que todos consideraban a Roque un viejo loco que no sabía en que época vivía. Pero para mi era el primer viajero en el tiempo que conocía y mi mejor amigo. Es por eso que hoy, veinte años después de habernos separado, sigo intentando cada noche concentrarme lo suficiente y poder viajar a través del tiempo como él lo hacia. Y quizás poder, una vez más, juntarnos a tomar mate y que me cuente sus historias.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El Sótano

       La primera vez que bajó al sótano fue cuando estaba mirando la casa. En ese momento no vio nada raro más que un poco de humedad y una clara falta de pintura en un lugar que evidentemente se usaba como depósito en el mejor de los casos.
       La casa era una enorme residencia que había sido divida en tres viviendas usadas para alquilar. Cuando firmó el contrato era el único inquilino.
       La segunda vez que bajó al sótano fue cuando, en la primera noche después de haberse mudado, se cortó la luz. Estuvo buscando la caja de fusibles poco más de media hora en el cuarto, la cocina y la sala, hasta que cayó en la cuenta que el único lugar que quedaba era el viejo y oscuro sótano. La linterna apenas iluminaba los escalones mientras bajaba casi a tientas sosteniéndose en la endeble baranda de madera podrida. Una vez abajo sintió como un viento frío proveniente de ningún lado lo rodeaba haciéndole casi tiritar. Recorrió con la tenue luz de la linterna las paredes de aquel lugar. Extrañamente el sótano parecía ser un poco más grande de lo que recordaba, pero todos sus pensamientos desaparecieron al encontrar la pequeña puerta semiabierta de la caja de fusibles. Sus pasos se replicaban en el eco del sótano vacío e incluso podría haber jurado en un momento que un segundo eco parecía reproducirse, aunque adjudicó aquello a un juego de su mente estimulada por la situación. Cuando abrió la pequeña puerta vio que uno de los compartimentos estaba vacío, extrañado encontró al escabullido fusible perdido en el piso. Sin resistencia entró en su lugar nuevamente e inmediatamente la luz volvió a toda la casa.
Satisfecho y orgulloso observó como la luz de la sala entraba por la vieja escalera. No tardó el miedo en apoderarse de él cuando su mente le hizo observar que la luz sólo iluminaba los escalones, pero se detenía abruptamente al llegar al piso del sótano que permanecía en la más densa oscuridad. Sin cerrar la pequeña puerta de la caja de fusibles salió corriendo de ese lugar. Si en ese momento hubiera mirado atrás, habría notado que el sótano era el doble de largo... y que no estaba sólo ahí abajo.
       Los días siguientes transcurrieron sin pormenores, pero no había pasado un mes cuando notó que faltaba el sacacorcho del cajón de la cocina. No recordaba haberlo puesto en otro lugar, pero tampoco le dio mayor importancia: Cuando uno se muda, es normal que algunas cosas queden guardadas en lugares incorrectos por un tiempo. Pero al día siguiente tampoco pudo encontrar ninguna de las cucharas, y recordaba haber usado una esa misma mañana. Mientras contemplaba la posibilidad de que un ladrón de poca monta hubiera entrado en la casa, algo le llamó la atención: un extraño reflejo que interrumpió sus pensamientos. Algo estaba reflejando la tenue luz que entraba por la ventana de la cocina. Cuando se acercó comprobó que era una de sus cucharas ¿Cómo había llegado ahí? ¿Y dónde estaba el resto del juego? Se agachó para levantarla cuando observó a poco más de un metro de distancia otra cuchara en el piso. Sabía que eso no estaba bien, pero se acercó de todas formas. No le llevó mucho tiempo encontrar la tercera cuchara: estaba bajo el marco de la puerta entreabierta del sótano.
       Cuando se acercó, notó como una briza fría escapaba de aquel oscuro lugar aunque sabía que no había ventanas en el sótano. Intentó encender la luz desde el interruptor que está a la altura de los primeros escalones, pero no sirvió de nada. Un ligero reflejo le llegó desde el final de la escalera, entornó sus ojos para identificar la fuente y no se extrañó que sea una cuarta cuchara. Alguien, o algo, estaba mandándole un mensaje y quería que baje al sótano. La idea no era totalmente de su agrado, pero la curiosidad era mayor y descendió lentamente algunos escalones.
       Lo que encontró definitivamente no era su sótano. Un pasillo largo se extendía por metros y metros delante de su vista. No había ningún tipo de iluminación salvo una extraña luz color blanco azulado al final. Había descendido sin su linterna y donde se encontraba reinaba la más completa oscuridad. Sólo tenía como referencia aquel extraño brillo muchos metros a la distancia. Cuando la puerta que daba a la cocina se cerró de golpe, supo que estaba perdido. Intentó encontrar la escalera que acababa de pisar pero por más que retrocedía le era imposible hallarla. Parecía que hacia este lado tampoco había nada. Escuchaba los ecos de su propia respiración agitada cuando vio que había alguien más en aquel terrible lugar. Recortada sobre aquella extraña luz azulada había una silueta inmóvil con la cabeza levemente inclinada hacia un costado.
       Sin previo aviso aquella figura comenzó a correr hacia él. Un escalofrío se apoderó de su cuerpo y buscó un lugar donde protegerse o algo que pudiera usar como arma, pero en aquella oscuridad no podía ver nada. A medida que la sombra se acercaba, la luz azulada al otro extremo del pasillo se hacía más débil, hasta que faltando unos veinte metros distancia entre ellos el lugar quedó sumergido en la más completa oscuridad.
       Presa del más profundo terror se preparó para cualquier cosa: una embestida, un golpe... incluso pensó que iba a ser mordido por una criatura fuera de este mundo. Pero cuando menos lo esperaba, vio la luz blanca que entraba por la puerta de la cocina bañar las escaleras de madera podrida. Corrió lo más rápido que pudo los dos metros que lo separaban del primer escalón pero al llegar ahí se encontró que alguien tenía sujeta la puerta de la cocina: era él mismo que lo observaba con una extraña sonrisa en la boca desde su propia cocina. En ese momento gritó, gritó pidiendo una ayuda que sabía no vendría jamás. Gritó aún más cuando su yo de la cocina cerró lentamente la puerta y lo dejó abandonado en aquellos oscuros abismos.