sábado, 18 de enero de 2014

La Casa

       Carlos tuvo una infancia inusual: criado exclusivamente por su padre en una época en que los divorcios no eran moneda corriente.
       Pero sus padres no se habían separado. Cuando Carlos tenía cuatro años, su madre decidió que la vida de ama de casa no era suficiente y se marchó en una búsqueda espiritual por el mundo. Nunca más supo de ella.
       El vínculo entre Carlos y Ernesto (su padre) obviamente era muy cercano, incluso en el transcurso de la época adolescente del niño. Una vez terminada la secundaria, y sin presentar una vocación definida, Carlos comenzó a trabajar con su padre en la carpintería que Ernesto había heredado a su vez de su padre. Para la sorpresa de más de uno, el recién incorporado demostró grandes habilidades manuales.
       Un día, años más tarde, Ernesto no se presentó a trabajar. Dado lo inusual de la situación Carlos cerró al medio día y fue a visitar a su padre. Lo encontró aún en la cama, pálido como las sábanas blancas que estaba usando.


          —Falleció de un paro cardíaco mientras dormía —le informó el médico— pasó de un sueño al otro.


       Una semana después, Carlos recibió un citatorio para presentarse ante una firma de abogados. Sin saber de que se trataba se puso su mejor, y único, traje y se presentó el día solicitado en la dirección solicitada.
       En una reunión totalmente formal, un abogado de apellido impronunciable le hizo entrega de los bienes que poseía su difunto padre ya que Carlos era su único heredero. Entre los inmuebles se encontraba la casa en la cual vivió Ernesto... y otra casa situada en una zona olvidada de la ciudad.


          —¿Qué es esta segunda vivienda? ¿De donde salió? —Interrogó, ya que su padre nunca la había mencionado.


       Los abogados se miraron de reojo y finalmente el de apellido impronunciable habló:


          —Su padre nos dio instrucciones específicas de mantener esa propiedad, pero se rehusaba a venderla o incluso alquilarla.

          —Pero... ¿Por qué?


       No hubo respuesta. Carlos tomó las llaves de la mesa y se dirigió hacia la dirección que figuraba en los papeles. El sol ya se estaba poniendo cuando la encontró: era una casa de dos pisos con ladrillos a la vista en un terreno un poco más grande de lo habitual. Pero su estado era lamentable: el pasto del patio frontal había crecido hasta el metro y medio de altura, todas las ventanas estaban tapadas con gruesas y viejas maderas y en varias partes faltaban tejas del techo. El remate de la situación lo ocupaba la gruesa reja que bordeaba la propiedad.


          —Como si alguien quisiera entrar... —Pensó en voz alta. Pero se dio cuenta que él estaba ahí para justamente eso.


       Carlos buscó en el manojo de llaves alguna que coincidiera en la cerradura del portón y para su asombro, el mecanismo cedió con un leve chasquido.
       La puerta principal estaba clausurada y aquellas maderas no parecían fáciles de quitar (y menos sin herramientas). Pronto descubrió que del lado izquierdo de la casa se abría paso un delgado pasillo que dirigía hacia el terreno del fondo de la propiedad. Con dificultad Carlos se abrió camino entre la maleza. La puerta posterior simplemente no existía.


          —Esto seguramente no sea una buena idea —Se dijo a si mismo mientras miraba los últimos rayos de Sol desaparecer entre los edificios distantes.


       Antes de ingresar prendió la luz del celular, tragó saliva y entró. El ambiente era una enorme cocina que se había quemado hacía años, donde estaba el horno había una forma amorfa de chapas y una mancha negra que llegaba hasta el techo. En la pileta una pila de platos y ollas que despedían un olor putrefacto y eran el centro de atención tanto de moscas como de cucarachas de todo tipo y tamaños.
       La cocina tenía una sola puerta que daba a un largo pasillo y este tenía a su derecha dos puertas, otra al fondo (que era la puerta principal clausurada) y a la izquierda se elevaba una desvencijada escalera que iba hacia el primer piso.
       Cuando entró al pasillo notó la creciente oscuridad que envolvía todo. La luz proveniente del celular no era suficiente para los grandes ambientes de la casa, pero era mejor que nada.
       La primera puerta de la izquierda daba a una habitación convertida en biblioteca, con sus paredes cubiertas de estantes desde el piso hasta el techo. En un rincón había un viejo escritorio con varios libros apilados a los costados y en el centro, un volumen encuadernado en cuero mal curado. La curiosidad pudo más que él y abrió el libro donde el viejo señalador indicaba. Se trataba de una especie de diario personal o cuaderno de notas. La escritura a mano era casi inentendible, Carlos intentó leer la última entrada:


       “El espejo no volvió a mostrarme la puerta, por más que invoqué el canto extendido mientras el fuego se consumía hasta quedar solo las brazas.
       Él espera del otro lado, Él desea salir de la prisión y yo seré el medio de su liberación... o moriré intentándolo.”



       Si las implicaciones de aquellas palabras no lo llenaron de horror, si lo hizo la fecha en que habían sido escritas: Esa misma mañana.
       Carlos cerró el libro y se dispuso a salir corriendo de ese endemoniado lugar cuando notó que no estaba solo en la habitación, una figura estaba parada bajo el marco de la puerta abierta con un gran cuchillo en la mano. El celular tembló en la mano de Carlos que estaba paralizado por el terror. La figura ladeó su cabeza hacia la izquierda y rió con un sonido que no podía provenir de cuerdas vocales humanas. Carlos intentó gritar pero no pudo emitir ningún sonido, su cuerpo no le respondía.
       La figura se acercó lentamente blandiendo el oxidado cuchillo de un lado a otro sin dejar de reír. Finalmente se detuvo a tres pasos de Carlos y se lo quedó mirando desde la oscuridad.


          —¿Finalmente viniste a visitar a mami? —Dijo entre risas y el cuchillo cortó el cuello de Carlos— Ahora el ritual está completo.


       Él cayó al suelo ahogándose en su propia sangre. A su lado, su madre recitaba palabras antiguas en idiomas ancestrales.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Robo

       La puerta cedió con un ligero chasquido quejoso. Adentro reinaba la más completa oscuridad, eso era buena señal: Por lo general indicaba que no había nadie en la vivienda.
       Raúl prendió su linterna para observar mejor. Delante de él se extendía un largo pasillo con un viejo y gastado empapelado a ambos lados. La primera puerta de la izquierda daba a una habitación que se utilizaba como depósito de cosas viejas. Si toda la casa era igual, no encontraría nada de valor para llevarse.
       La siguiente puerta estaba a pocos pasos cruzando el pasillo. Raúl giró el picaporte pero estaba cerrado con llave. La cosa empezaba a prometer: por lo general, detrás de una puerta así había algo valioso. La cerradura, si bien era más complicada de la que tenía la puerta del patio por la cual había entrado, no tardó en ceder ante las habilidades del ladrón.
       Adentro no se encontraba el botín que Raúl esperaba, el único mobiliario de aquella habitación era una tosca pero resistente silla de gruesa madera, y sentada en ella, un hombre amordazado que en cuanto lo vio, empezó a gesticular por ayuda.
       En ese instante se oyó el claro sonido de unas llaves en la puerta de entrada.
       Raúl apagó sin vacilar su linterna, mientras que el hombre amordazado continuaba pidiendo socorro. No tenía muchos lugares donde esconderse y menos en aquella oscuridad. A tientas volvió a la primera habitación segundos antes que la luz del pasillo se prendiera.
       Un hombre de traje negro se acercó caminando hasta el umbral de la otra puerta y prendió la luz del cuarto.

          —Veo que podemos agregar “abrir la puerta” a tu caja de trucos —El amordazado respondió algo inentendible— No te preocupes, todo termina esta noche.

       Raúl salió sigilosamente de su escondite con la pata de una vieja mesa en la mano. El hombre que estaba parado bajo el marco de la puerta no supo qué pasó. Se escuchó un golpe seco y algunas gotas de sangre salpicaron la puerta abierta. El hombre cayó al piso y en ese momento Raúl vio mejor el traje negro: era un cura.
       El que estaba amordazado comenzó a reír desaforadamente, golpeando sus pies contra el suelo, mientras debajo del sacerdote un charco de sangre comenzaba a formarse.

          —¿Qué hice? —Susurró Raúl y se tapaba la boca.
          —Me has ayudado a escapar —Respondieron mil voces en conjunto.

       La luz de la habitación comenzó a parpadear y con cada atisbo de luz el amordazado dejaba de parecerse a un hombre para convertirse en una abominación indescriptible.
       La lamparita del cuarto estalló y la habitación quedó a oscuras, iluminada únicamente por la pálida luz proveniente del pasillo. Raúl logró salir de su estupor y comenzó a correr hacia la puerta del fondo. En cuanto dobló por el pasillo escuchó un galope detrás suyo. La lampara del pasillo estalló también y la oscuridad se apoderó de todo.
       En el patio del fondo, un gato negro observó la puerta de la casa, segundos después siguió jugando con la luciérnaga que había atrapado.

lunes, 26 de agosto de 2013

Marta

       El pasillo estaba mal iluminado, culpa de una lamparita que se había quemado hacía dos días.
       A Marta le daba terror pasar por ese pasillo. En realidad le daba miedo muchas cosas cuando estaba sola en el departamento y eso sucedía la mayor parte del mes. El asunto era que Marta estaba casada con Enrique, un vendedor de maquinaria agrícola. En otros tiempos él hacía sus ventas desde la oficina y, ocasionalmente, en alguna exposición del rubro. Pero hacía un par de años que el mercado había empezado a mermar y las cosas no mejoraron. Enrique se vio obligado a convertirse en una especie de vendedor ambulante moderno o buscarse otro trabajo ¿Pero quien emplearía a un hombre de cuarenta y siete años que el único trabajo que tuvo durante treinta años fue vender maquinarias agrícolas? Su marido, por lo tanto, estaba fuera de la casa tres semanas de cada mes manejando un viejo Volkswagen color rojo que había heredado de su padre. Por momentos pensaba que si su fallecido suegro pudiera ver en que condiciones estaba actualmente el auto que tanto amaba y tiempo le dedicaba... se moría de nuevo.
       Ese día, sin embargo, Marta estaba de mejor semblante ya que Enrique estaba volviendo esa misma tarde. Ella había ido, por la mañana, al mercado y por la tarde se ocupó de preparar una cena especial. Sabía que Enrique no siempre comía bien cuando viajaba. Además era hacerle un mimo, uno de los muchos que tenía pensado darle. Le dijo que llegaría alrededor de las seis de la tarde; y a medida que la hora se acercaba, ella sentía una emoción creciente.
       Finalmente el reloj marcó las seis, y cada minuto a partir de ese momento parecía angustiarla. Para las siete su emoción se había transformado en tristeza, y una hora después estaba entrando en desesperación.
       A las ocho y cuarto se escuchó la llave en la puerta de entrada. Marta corrió contenta con lágrimas en los ojos hacia los brazos de su marido. Pero el hombre que se encontró bajo el marco de la puerta estaba ojeroso y cansado. No había ni un indicio de felicidad en sus facciones. Marta estuvo a punto de interrogarlo, pero la cara de Enrique estaba tan apagada que se limitó a abrazarlo, después lo acompañó al dormitorio y observó como, en forma muy lenta, se metía en la cama.
       Marta levantó la mesa sin probar bocado, sentía un nudo en la garganta ¿Tan mal irían las cosas? ¿Deberían vender el departamento y mudarse con su suegra? Cada pensamiento era un paso más en una espiral de desesperación. Finalmente, no pudiendo aguantar más, lloró en silencio.
       Desahogada, verificó que la puerta y las ventanas estuvieran bien cerradas, apagó las luces y se puso el camisón. Al meterse en la cama sintió los pies de Enrique que estaban congelados como siempre. Se separó un poco y prendió la televisión con el volumen al mínimo para no molestarlo. No era de mirar nada a esas horas, pero necesitaba la distracción. Pasó en forma automática un par de canales. Inconscientemente se detuvo en el noticiero mientras pasaban el resumen de lo más importante del día. Había algo en la imagen en pantalla que le llamaba poderosamente la atención, tardó unos segundos en reconocer al viejo Volkswagen rojo mientras era sacado de un río. No se veía a nadie adentro del vehículo aunque un gran cartel en la parte inferior de la pantalla rezaba “Fatal accidente en ruta”.
       “Debe ser una coincidencia” se repetía Marta cuando el camarógrafo enfocó la matrícula del Volkswagen... no había duda. Tragó saliva y con horror notó que el único ruido de la habitación era el de su propia respiración. Giró la cabeza hacia donde estaba, lo que creía, su marido y tuvo que taparse la boca para no gritar: el pecho de Enrique no se movía, pero sus ojos la estaban mirando.

viernes, 19 de julio de 2013

Susurros

       Martín estaba durmiendo tranquilamente en la cama cuando su pequeño hijo entró gritando y corriendo. De un salto se tiró sobre la cama y se arrastró hasta su lado.
       Martín se despertó sobresaltado, con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho.


          -¿Qué pasa petizo?
          -Hay mounstuos en mi cuarto.


       Siempre le causaba gracia como su hijo pronunciaba la palabra “monstruo”, pero intentó no reírse ante el verdadero estado de miedo del niño. Su pequeño cuerpo no paraba de temblar.
       Martín lo tomó de la mano.


          -Vení, mostrame donde están.
          -No.
          -Dale, si somos dos los superamos en número. Los monstruos nunca hacen nada si los superan en número -Intentó con esa mentira blanca darle un poco de confianza.
          -Ellos son tres.
          -Bueno... podemos llevar al gato.
          -¿El gato cuenta como persona?
          -Seguramente, no creo que ellos sepan la diferencia.


       El niño se rió ante eso y fue suficiente para que accediera a bajar de la cama.
       Cuando llegaron al cuarto, Martín entendió el porque del miedo de su hijo: Las luces que entraban por entre la persiana semi-abierta proyectaban unas sombras bastante horripilantes. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. El cielo estaba nublado y caía una tenue lluvia que no hacía el menor ruido.
       Martín tomó la correa de la persiana y dejó que se cerrara del todo.


          -¡No hagas eso! -Gritó su hijo haciéndole casi saltar del susto.
          -¿Pero por qué no?
          -Los mounstuos están en lo oscuro.


       Bufando por lo bajo, Martín volvió a levantar la persiana. Por un segundo creyó ver algo por el rabillo del ojo. Pero cuando volteó la cabeza solo estaba la acostumbrada pila de juguetes.


          -¿Ves que no hay nada?
          -Los mounstuos vienen después... y dicen cosas.
          -¿Que te dicen?


       Martín empezaba a preocuparse, no porque los monstruos sean reales, sino porque había leído que los niños, en muchas ocasiones, disfrazan problemas con este tipo de fantasías.


          -No entiendo lo que dicen, hablan muy bajito.
          -Quizás te quieren contar un chiste.


       El niño lo miró serio, intentando descubrir si las palabras de su padre eran en broma o no. Finalmente sonrió. Martín supo que había ganado.


          -Bueno, vamos. A la cama.


       El pequeño saltó a la cama y, viendo que la luz de afuera lo iluminaba completo, puso satisfecho la cabeza en la almohada.
       Martín volvió a su cuarto y se acostó. Dio un gran bostezo y cerró los ojos. Sintió como el silencio se apoderaba de todo, un leve sonido agudo marcó que el oído se agudizaba y su respiración se relajó.
       Escuchó algo y se despertó mirando en todas direcciones. No fueron palabras concretamente, sino más bien susurros.


          -Lo que faltaba, que las pesadillas de mi hijo no me dejen dormir.


       Volvió a cerrar los ojos y cayó en un profundo sueño.
       Mientras, desde la oscuridad, criaturas recitaban palabras ancestrales cuyo poder abominable son las semillas de nuestras peores pesadillas.

martes, 30 de abril de 2013

Obituario

       Por el diario de hoy me enteré que había fallecido Carlos Pruma. No soy una persona de leer los obituarios, simplemente miro la cantidad de avisos y me pregunto cuanta gente habrá muerto que no publican, que no recibe su saludo en las hojas blanco y negras. Y así, pasando la mirada me encontré con su nombre. Leí el aviso: “Querido hijo de Fulano y Fulanita”. No había duda alguna, era él. Un escalofrío me recorrió la espalda.
       Carlos era mi mejor amigo de la infancia y, como todo en aquella época, se debía a que vivíamos cerca. Más específicamente en el mismo edificio. Él en el quinto piso y yo en el segundo.
       Carlos tenía dos hermanos mayores, unos cinco o seis años más grandes si mal no recuerdo, mellizos idénticos. Mi madre siempre me contaba lo terrible que esos dos eran, que Carlos y yo, a su lado éramos unos santos. Obviamente, eso nos daba mucha bronca, porque no queríamos ser menos. Por lo tanto nos esforzábamos en meternos en la mayor cantidad de líos que pudiéramos. Bueno, al menos yo lo intentaba, a Carlos -Creo yo- le salía ya por naturaleza.
       A una cuadra de casa había un edificio de Entel (La Empresa Nacional de Telecomunicaciones para los más jóvenes) el cual, como toda oficina estatal, quedaba vacío los fines de semana y que nuestro pequeño grupo de forajidos encontraba excesivamente tentador. Entrar no era tan fácil, había que subirse por la pared de ladrillos de la casa de al lado (sin que te descubrieran), llegar al balcón del primer piso y de ahí saltar al techo del garage de Entel. Confieso que no entrábamos al edificio en si, pero en el patio interior había unos enormes contenedores los cuales eran la fuente proveedora de nuestros cables.
       Aún recuerdo esos momentos y no puedo dejar de sonreír. Solamente hay un recuerdo que me atormenta y me persigue, aún hoy, en mis sueños: La casa embrujada. Naturalmente la casa no estaba realmente embrujada, pero cuando tenés diez años toda casa vacía esta sin lugar a dudas poseída con espíritus.
       Nuestra casa embrujada era inmensa, con un patio gigante al frente donde había árboles más gruesos y tupidos que cualquiera de los que se encontraban en la vereda. Delimitando el terreno había unas columnas de tres metros de altura con rejas. Con lo cual siempre mirábamos nuestra casa embrujada desde la calle. Era imposible entrar a ese lugar. Soñábamos con sus grandes ventanales, esa extraña torre de cuatro pisos y por sobre todo, con su soledad.
       El verano siguiente nos trajo un regalo inesperado: la casa embrujada se había vendido y la iban a demoler para construir unos duplex. Era uno de esos veranos sofocantes de ciudad, donde no se podía respirar. Carlos vino con una idea brillante: llevarle a los obreros una bolsa llena de cubitos de hielo. Ni lerdos ni perezosos atacamos las heladeras de nuestras casas y juntamos una cantidad increíble de cubitos que llevamos al instante al primer obrero que vimos. El muchacho (debía ser un muchacho, pero no lo recuerdo) aceptó nuestra petición y de esa forma obtuvimos un pase gratis para recorrer el inmueble.
       El ventanal de la izquierda daba a una cocina vieja, muy vieja. La realidad nos decepcionó un poco y creo que hasta nos dolió. Por suerte el ventanal derecho nos deparaba una sorpresa: era una especie de salón de baile inmenso, con un piso de madera perfecto. Automáticamente me imaginé grandes fiestas y bailes ambientados al estilo del siglo XVII (ahora sé que era una fantasía imposible, pero para mi mente de aquel momento era así). Creo que a Carlos y a mi se nos escapó un “Faaaaaaaaaaaaaaa”, la casa empezaba a pintar mejor.
       No recuerdo mucho del resto, salvo cuando llegamos a la torre. Eran simplemente habitaciones muy chicas con una escalera caracol que comunicaba con la superior. No tengo idea de cual era su finalidad ya que no había nada que nos diera una pista. Por lo tanto subimos y subimos.
       Al llegar al cuarto piso descubrimos por la ventana de la habitación una escalera externa que conducía al techo, no hizo falta decir nada. Tan solo una mirada y ambos salimos corriendo hacia afuera. Cuando estábamos llegando a la pequeña terraza la escalera se sacudió de una forma que el corazón casi se me escapa del pecho. La estructura metálica, sin cuidado durante tanto tiempo, había sucumbido ante el óxido. Desde arriba analizamos la situación y decidimos que lo mejor era bajar de a uno, de esta forma el peso sería el mínimo. Yo bajé primero, la escalera parecía moverse con el viento y me costaba horrores mover cada pierna. Cuando finalmente volví a cruzar la ventana del cuarto piso, sentí que me volvía el alma al cuerpo. Estaba tan nervioso que las manos me temblaban. Carlos empezó a bajar pero, como siempre, tenía que ser más que yo y cuando estaba a tres escalones decidió saltarlos cayendo con ambos pies en el descanso que estaba justo afuera de la ventana. Vi su sonrisa de satisfacción transformarse en terror cuando la escalera externa cedió y cayó con el.
       Bajé corriendo los cuatro pisos y lo encontré en el gran salón con el suelo de madera. Un grupo de obreros miraban atónitos el amasijo de hierros oxidados cubiertos en sangre. El muchacho que nos había dejado entrar, al que le habíamos dado la bolsa con cubitos, me hizo jurar que nunca le diría a nadie lo que pasó ahí. De lo contrario todos, incluido yo, iríamos presos.
       A Carlos lo enterraron junto con la escalera oxidada en el fondo de la casa embrujada.
       Cuando me preguntaron por él, respondí que no sabía donde estaba hasta que, al final, la policía dijo que probablemente había huido de su casa.
       Nunca volví a hablar de Carlos hasta el día de hoy, en que leí su obituario en el diario.

viernes, 15 de marzo de 2013

Grito

       Hoy dormitaba plácidamente entre mis sábanas cuando un grito, un grito desgarrador me sacó de mi subconsciente. Miré atontado en todas direcciones buscando la fuente de aquella voz, pero un recuerdo que se negaba a ir me decía que aquel grito había sido producido mucho más lejos.
       Llamé con voz ronca al gato negro que suele acompañar mi días, no hubo respuesta aunque todas las ventanas estaban cerradas y el azabache animal estaba adentro cuando me acosté.
       Perezosamente me levanté y busqué ropas para escapar del frío invernal. Asomé mis despeinados pelos por la abertura de la puerta, pero el pasillo ante mi estaba en penumbras y ni una mosca parecía atreverse a detener esa monotonía.
       Estaba a punto de gritar al éter si había alguien ahí, pero la sola idea de que alguien (o algo) responda desde la sombras hizo que todo mi cuerpo se estremezca. Con paso dubitativo recorrí ese pasillo que tantas veces he recorrido pero que hoy, a la falta de luz y con aquel grito desgarrador, parecía interminable.
       Al final del corredor están las escaleras cuyos peldaños descienden hacia la sala principal. Cauteloso me asomé, pero nada parecía extraño. Bajé los escalones con más confianza, al fin y al cabo mi mente medio dormida pudo haber sido la creadora de aquel horrible grito. Mis oídos, agudizados en busca de cualquier cosa inusual, llamaron mi atención ya que desde afuera de la casa parecía provenir un ligero zumbido conocido. Al correr las cortinas principales, pude observar con placer que una fina lluvia regaba el pasto del gran patio trasero. ¿Había sido la lluvia, o mejor dicho un trueno, lo que confundí con un grito humano? ¿o finalmente la excesiva ingesta de café nocturno pasaba a cobrar factura?
       Así me encontraba, justificando mis temores con banalidades, cuando descubrí en el vidrio que tenía frente a mí, el reflejo de una persona que se acercaba por mis espaldas. Giré lo suficientemente rápido para observar que en su mano derecha había un cuchillo. La lucha fue corta y bruta, ninguno de los dos teníamos conocimientos prácticos sobre este tipo de contienda y rápidamente la pelea se definió por quien de los dos poseía el arma. Después de un breve forcejeo, pude tomar el puñal y sin pensarlo dos veces lo hundí en el pecho de mi atacante quien dejó de moverse casi instantáneamente.
       Si bien no podía ver su rostro, ya que estaba de costado, encontraba algo familiar en sus facciones. Con temor me acerqué y giré su cara aún tibia hacia la luz que entraba por la gran ventana.
       Un horror indescriptible se apoderó de mi cuando observé mi imagen en el rostro del cuerpo agonizante ¿Cómo era esto posible?. Mi mente vagaba buscando respuestas cuando mi doble moribundo abrió sus ojos lentamente e intentó sonreír. Sus dientes, bañados en sangre fresca, más aquella mirada de puro odio me llenaron de temor. Intenté alejarme de él. Pero el maldito me tomó por el pantalón evitando mi huida. Fue en ese momento que el pánico pudo más y emití un grito desesperante. Mi atacante sonrió incluso más para finalmente morir.
       Mi corazón latía a una velocidad increíble mientras observaba el cadáver que tenía enfrente. En ese momento escuché un ruido conocido proveniente del piso superior, era el sonido de mi armario al abrirse. Sin perder tiempo, arrastré el cuerpo muerto hasta la puerta del sótano, quité el cuchillo de su pecho y empujé sus restos inertes escaleras abajo. Esperé unos segundos eternos con el puñal en mi mano hasta que el familiar ruido de los escalones me indicó que estaba bajando. Desde las sombras me pude ver acercarme a la gran ventana y sigilosamente me aproximé por detrás. Esta vez no podía perder.

lunes, 25 de febrero de 2013

Llanto

       Los empleados de la empresa de mudanza estaban subiendo las últimas cosas cuando Fernanda vio aquellos ojasos marrones asomarse por la puerta. Observaban todo con una curiosidad que parecía insaciable.

          — Buenos días —Le dijo Fernanda.
          — ¡Hola! —Fue la cálida respuesta acompañanada de una inmensa sonrisa.
          — Me llamo Fernanda y con Gabriel, mi marido, nos estamos mudando. ¿Vos como te llamas?
          — Flor, vivo ahí —Dijo mientras señalaba con aquellos dedos regordetes la puerta que había del otro lado del pasillo.
          — Un gusto enorme Flor. Si me esperás creo que tengo caramelos en algún lado.

       Fernanda buscó en las cajas más cercanas, pero era imposible saber que había adentro.

          — Mirá Flor, la verdad es que... —Comenzó a decir, pero se dio cuenta que la nena ya no estaba ahí.

       Fernando se asomó al pasillo y llegó a ver como la puerta de enfrente terminaba de cerrarse mientras emitía un pequeño chasquido.
       Esa noche los nuevos inquilinos se fueron a dormir abrazados después de un día agotador Gabriel tenía la teoría que se debía avanzar todo lo posible el primer día de la mudanza ya que era visto después, en perspectiva, como el único día en que realmente se hacía algo. Caja que quedaba sin abrir después del primer día podía quedarse cerrada por meses.
       A las dos de la mañana escucharon por primera vez, colándose por debajo de la puerta, por la ventana semi abierta e incluso a través de las gruesas paredes, el llanto de un bebé.
       Fernanda y Gabriel no tenían hijos, por lo cual el motivo de aquel llanto era un enigma. Pero aquellos gritos agudos y desgarradores, golpeaban contra sus oídos clavándose dolorosamente.
       Aquella fue la primera noche que no pudieron dormir. A la mañana siguiente, mientras Fernanda arrastraba los pies hacia su tasa de café, observó un pequeño papel que alguien había colado por debajo de la puerta de entrada. Con la marca de la almohada impresa en la forma de sus cabellos negros, se agachó a recoger la, seguramente, primer factura que les llegaba.
       El atontado cerebro de Fernanda, aún sin su café, tardó unos segundos en comprender que aquel simple pedazo de papel no era una boleta a pagar. En cambio era una nota escrita con una caligrafía aún en desarrollo, que decía:

       “Perdón por los llantos de mi hermanito, tiene muchas pesadillas y por eso llora.
       Afuera hay un pedazo de torta.
       Saludos.
       Flor”

       Al abrir la puerta, Fernanda descubrió con asombro, que efectivamente había un gran pedazo de torta de chocolate guardado en un viejo taper azul. Mientras cerraba la puerta, con el taper azul ahora en su mano, Gabriel salió del cuarto.

          — Mmm ¿y eso?
          — Es de los vecinos, tiene una nota que piden perdón por los llantos del bebé. —Mira el taper azul en su mano— Y nos regalaron torta.

       El primer desayuno en un nuevo hogar siempre es especial, pero esa mañana tanto Fernanda como Gabriel estaban en la cumbre de su felicidad.
       El día transcurrió acomodando libros, poniendo lámparas en el techo y haciendo el amor.
       Después de cenar, se dieron un merecido baño (en donde ella tardó doce minutos y él veinticinco) y cayeron rendidos sobre el colchón.
       Nuevamente, a las dos de la mañana, como una alarma diabólica el llanto del bebé se coló en el departamento. Ninguno pudo volver a dormirse.
       Cuando el despertador se activó a las seis y media de la mañana, ambos tenían ojeras ennegrecidas marcadas en sus ojos. Fernanda llamó a su trabajo y explicó que no se sentía bien. Gabriel iba a hacer lo mismo, pero recordó que ese lunes tenía una importante reunión con unos clientes. Maldiciendo su suerte se levantó y se puso a buscar una camisa en el placard mientras Fernanda, mitad por culpa y mitad por amor, fue a la cocina para prepararle el desayuno.
       Debajo de la puerta de entrada estaba nuevamente una nota pidiendo disculpas y afuera un taper color rojo con una nueva porción de torta adentro.
       Después de desayunar Gabriel besó a Fernanda y se fue a trabajar. Ella intentó ponerse a ordenar el contenido de una caja pero no pudo y volvió a la cama. Un par de horas después se despertó recuperada en gran parte. Se puso la misma ropa que se había sacado y se lavó la cara.
       Fernanda iba a ponerse nuevamente a ordenar, pero decidió que primero devolvería los tapers a sus vecinos, no quería causarles la impresión equivocada.
       Cuando abrió su puerta encontró a Carlos, el portero del edificio, que estaba pasando un trapo húmedo al pasillo.

          — Buen día Carlos
          — Buen día doña Fernanda ¿Cómo le va?
          — Un poco cansada, no estamos durmiendo bien por el llanto del bebé del departamento de enfrente. Pero son vecinos muy amables. —Agregó rápidamente mientras caminaba hacia la puerta del otro lado del pasillo. No quería sonar como si estuviera presentando una queja.

       Fernanda golpeó la puerta vecina cuando detrás de ella un ruido la hizo girar. A Carlos se le había caído el trapeador de la mano y su rostro estaba completamente pálido.

          — ¿Carlos, se encuentra bien? —Preguntó preocupada.

       Carlos tragó saliva y con un esfuerzo realmente visible pudo responder:

          — ¿Es-escucha llantos de ese departamento?
          — Si, bueno, pero son gente muy amable. No es culpa de ellos, además Flor es muy dulce, nos pidieron disculpas y nos regalaron como media torta.

       A medida que Fernanda explicaba podía notar la mueca de terror que se formaba en el rostro del portero. Temblando de pánico Carlos intentó que sus pies se movieran para huir pero Fernanda lo tomó dulcemente del brazo y le preguntó nuevamente si se sentía bien.
       Sin despegar los ojos de la puerta del otro lado del pasillo Carlos explicó

          — En ese departamento vivían los Roldán, una pareja con dos chicos: una nena y un bebé. Una noche, mientras los padres dormían, la nena quiso prepararle una torta a su hermanito pero terminó prendiendo fuego a todo el departamento. Todos se quemaron vivos.

       Ambos se quedaron mirando la puerta al otro lado del pasillo esperando que algo suceda. Pero nada ocurrió. Cuando Gabriel volvió esa tarde, Fernanda le explicó con terror toda la historia. Él intentó convencerla de que, seguramente, era una broma de mal gusto de Carlos, pero ella le mostró varias hojas impresas de diarios que encontró en internet. Todo era verdad.
       Esa noche, a las dos en punto de la mañana se volvió a escuchar el llanto. Pero ni Fernanda ni Gabriel estaban durmiendo.