domingo, 19 de febrero de 2012

Enfermo

       Carlos era una persona deportista, o al menos lo deportista que podía llegar a ser alguien que trabaja detrás de un escritorio. Pero para la clase de oficio que tenía salía a correr bastante, además los viernes jugaba con sus amigos al futbol y, hasta hace poco, iba al gimnasio del barrio. Ah decir verdad, no eran pocas las miradas que robaba: un hombre soltero, cerca de sus treinta años y en buen estado era codiciado por ambos sexos.
       Un viernes, faltó al partido semanal con sus amigos sin avisar. A ellos le pareció extraño ya que no era normal que falte, y menos sin avisar. Pero tampoco le dieron mayor importancia y acomodaron los equipos para jugar. El fin de semana nadie lo extrañó, porque nadie sabía que hacia Carlos el fin de semana. Jamás había pasado un sábado o un domingo con ningún compañero laboral o de futbol. El lunes siguiente, faltó al trabajo sin previo aviso y recursos humanos mandó, como suelen hacer, un médico al domicilio. El clínico estaba a punto de irse, después de tocar el timbre varias veces cuando Carlos abrió la puerta.

          - Buenos días, soy el Doctor González -Se presentó intentando descubrir entre las sombras al dueño de la casa.

       Pero el paciente no le respondió, tan sólo se corrió y lo dejó pasar. Cuando el doctor González estuvo dentro, y sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió que el lugar era un desastre: basura por todos lados, ropa sucia tirada por encima de los muebles y un olor nauseabundo que inundaba el lugar. Pero lo que más le perturbó fue el estado de Carlos: el hombre estaba muy ojeroso, casi blanco, encorvado y con una pequeña joroba a la altura de los omóplatos.
       Le tomó la temperatura y la presión, la primera dio bien pero la presión estaba muy baja. Le recetó un paquete de vitaminas y que saliera un poco de la casa (intentó no hacer mención al estado en que vivía). Suspirando, el médico salió de ese lugar lo más rápido que pudo.
       Pasaron dos semanas sin que nadie supiera nada de Carlos. Preocupados, algunos de sus compañeros se juntaron y fueron a recursos humanos a pedir la dirección del desaparecido. En un principio, RRHH no quería dar la información por considerarla personal, pero la pobre muchacha se vio doblegada por la pequeña muchedumbre y luego de un rato, cedió ante el pedido.
       Al día siguiente, la pequeña caravana se encaminó hacia el domicilio de Carlos, golpearon la puerta varias veces hasta que escucharon ruido adentro. El hombre que abrió la puerta no se parecía en nada al recuerdo que tenían de su compañero. La persona que estaba en el umbral era muy pálida, encorvada de una forma grotesca con sus hombros casi a la altura del estómago y una gigante y horrible joroba que se alzaba en mitad de la espalda.
       Carlos reconoció a más de uno instantáneamente e intentó sonreír sin lograrlo, pero gesticulando los invitó a pasar. El lugar era como una gran bolsa de residuos: Comida podrida dejada sobre la mesa donde las cucarachas disfrutaban a lo grande, ropa sucia tirada por el piso bajo una nube de moscas zumbantes y varias cosas que nadie sabía en que rubro ubicarlas.
       Carlos se mostraba animado, como si fuera un niño que recibe amigos. Pero su emoción pasó a un ataque y el jorobado comenzó a sacudirse violentamente echando espuma por la boca. Cuando su cuerpo cayó al piso ya no respiraba. Carlos tenía sus profundos ojos negros clavados en un punto lejano, mientras su anegrada lengua viscosa se dejaba ver afuera de su boca.
       A pesar del horror de la situación Miguel, uno de los compañeros de trabajo de Carlos, se acercó lentamente al cuerpo inmóvil y estiró su mano para tomarle el pulso. Pero cuando sus dedos estaban a tan sólo unos centímetros de Carlos, notó como la joroba del caído se movió rápidamente. Miguel saltó hacia atrás presa del terror.

          - ¿Alguno vio eso?
          - ...La joroba... está viva -Tartamudeó alguien desde atrás.

       En efecto, la joroba de Carlos se sacudió y muy despacio se arrastró un poco hacia arriba y un poco hacia abajo de la espalda. Alguien en el grupo no pudo aguantar y vomitó. La joroba se quedó quieta de repente. Nadie entre los visitantes respiraba, aunque tampoco podían despegar la vista del cuerpo en el piso.
       La remera de Carlos se rasgó en la espalda desde el cuello hasta la cintura por un dedo en extremo fino y cubierto de horribles pelos negros. Cuando terminó, aquel dedo salió muy despacio de entre la remera dejando al descubierto que era a la vez muy largo, casi de un metro hasta donde se veía.
       Alguien en el grupo logró salir de su estupor y comenzó a caminar hacia la puerta sin dejar de ver aquel abominable dedo. Pero cuando otra falange comenzó a salir de la remera abierta su horror fue tanto que giró para correr hacia la salida. Otros comenzaron a imitarlo, aunque eran ya cinco los dedos negros que habían aparecido. Cuando la segunda persona estaba a punto de cruzar la puerta, un golpe seco los detuvo. Se volvieron a mirar y observaron a Miguel, con sus ojos levemente más blancos y una horrible araña aferrada a su pecho.
       La ahora espalda desnuda de Carlos, mostraba las vértebras de la columna expuestas y toda la piel alrededor de un color rosado blancuzco.
       El hombre que había salido volvió a gritarle a sus compañeros que huyan. Pero en cuanto cruzó el umbral de la puerta otra de las criaturas cubierta de pelos negros le aferró la cabeza. Una mujer comenzó a gritar desesperada sin darse cuenta que varias arañas más habían aparecido en la sala.
       El hombre que había caído en la entrada se puso de pie, miró hacia ambos lados de la calle y luego, medio encorvado, cerró la puerta.
       Adentro, ya no se escuchaban más gritos.

viernes, 10 de febrero de 2012

Cena sorpresa

       Mario abrió la puerta lentamente. Dejó las llaves en la mesita que estaba convenientemente a mano y se sacó las zapatillas. Las acomodó al lado de unos zapatos de taco alto color negro mientras sonreía.
       Intentando hacer el menor ruido posible se acercó al cuarto, la luz del velador estaba prendida pero los ojos de ella estaban cerrados. Mario dio un paso dentro de la habitación, con la intención de darle un beso en la frente, pero temió que eso pueda despertarla y cuidadosamente cerró la puerta. Cuando el picaporte trabó emitió un ligero “click” haciendo que Mario casi deje de respirar, pero pocos segundos después escuchó nuevamente un leve ronquido proveniente del cuarto. Satisfecho y sonriente se dirigió a la cocina.
       Esa noche iba a preparar su especialidad: ravioles de calabaza con brócolis. Primero se lavó bien las manos, llenó la cacerola con tres cuartos de agua y le echó un puñado de sal, prendió el fuego y puso la cacerola encima. Buscó la bolsa que había traído de la verdulería, el olor a brócoli simplemente le encantaba. Lavó la verdura cuidadosamente y la cortó con el mismo cuidado. Puso todo en un bol, agregó un poco de agua (más un caldo de verdura) y lo metió en el microondas. Estuvo muy atento del contador, así no sonaba la alarma al llegar al cero.
       Estaba sacando con dos manoplas el bol con el brócoli ya cocinado cuando escuchó que la puerta del cuarto se abría. Él sonrió mientras intentaba no quemarse con el vapor que salía humeando de las verduras recién hechas.

       Muy dormida ella se acercó arrastrando los pies hasta el living y notó la luz de la cocina prendida. Con el seño fruncido se asomó y vio a Mario acomodando muy cuidadosamente los pedazos de brócoli en un plato. En aquel momento se dio cuenta que ya no estaba soñando.
       Mario notó como el rostro dormido de ella se transformó en una expresión de completo terror: sus ojos se abrieron e inspiró aire para gritar con todas sus fuerzas. Apenas si llegó a ver el destello que se le acercó a toda velocidad.
       Él fue rápido, muy rápido. El cuchillo que había usado para cortar el brócoli se clavó con un ruido seco en el ojo derecho aún con lagañas de la muchacha. Su cuerpo se desplomó al instante, como si a un títere le cortaran todos los hilos a la vez.
       Mario se acercó, quitó el cuchillo cuidadosamente pero la sangre comenzó a emanar de la herida. Tranquilo, prendió una hornalla y colocó el filo del metal sobre la blanco-azulada llama del gas. Unos minutos después el acero ya empezaba a cambiar de color. Tomó el mango con un repasador y cauterizó la herida mortal de la joven. Satisfecho con su trabajo, volvió a la mesada para condimentar los brócolis.

       El cadáver estaba sentado en la cabecera de la mesa, Mario se acomodó al lado y brindó al aire con la copa media llena de vino. El resto de la cena transcurrió en completo silencio.
       Cuando él terminó su último bocado, miró al ojo sano de su acompañante y tiernamente se acercó a su lado.

          -Lamento que no haya funcionado –Le susurró al oído y después la besó en la mejilla.

       Mario tomó el resto de vino que quedaba en su copa, pidió permiso y se levantó de la mesa. Volvió a la cocina con su plato sucio y el de ella sin tocar. Con tristeza los acomodó dentro de la pileta.
       Introdujo su mano en el bolsillo del pantalón y sacó un papel cuidadosamente doblado. Lo desplegó y leyó para si mismo la lista de nombres anotados. Tachó con dos líneas el correspondiente a la mujer que vivía en ese departamento.
       Contó los nombres que aún quedaban sin tachar: cinco. Sonrió y suspiró dándose esperanzas mientras doblaba nuevamente la hoja y la volvía a guardar en su bolsillo. Buscó la botella de aceite que había usado y volvió a la sala. Vació la mitad del contenido sobre ella y el resto sobre la mesa. Dejó tan sólo lo suficiente para hacer un fino camino hasta la puerta.
       Se colocó las zapatillas y abrió la puerta. Mario observó la pequeña caja que tenía en su mano, la misma que había tomado de la cocina mientras preparaba la cena. Agitó la caja de fósforos y estos hicieron ruido. Cuidadosamente tomó uno y lo frotó contra el costado emitiendo chispas y produciendo una leve llama. Mario admiró el fuego y luego lo arrojó. Cerró la puerta detrás de él y caminó silbando hacia el ascensor sin volver la vista atrás.

jueves, 9 de febrero de 2012

Apuesta

       Mientras bajaba los escalones se preguntaba porque diablos estaba en aquel sótano. De repente se acordó: Tetas. Grandiosas y apretables tetas. Quince minutos atrás había apostado a sus amigos que podía pasar la noche en la gran casa abandonada ¿Y todo porqué? Para caerle mejor a Jessica… y a su par de tetas.
       Obviamente, hace quince minutos la idea había parecido fabulosa, ahora ya estaba teniendo segundos pensamientos al respecto.
       Un escalón crujió y su pie se hundió unos centímetros. Miguel se encontró preguntándose hace cuanto que esa casa estaba deshabitada. No era normal que las casas del barrio tengan sótano, pero el arquitecto que había construido la vieja casa era europeo o algo así. Al parecer allá era común que las casas tengan sótano.
       Ahí abajo no se veía absolutamente nada, Miguel ni siquiera podía ver su propia mano. Buscó a tientas la luz de su reloj y accionó el botón, eran las nueve y media de la noche. Había prometido que saldría al amanecer (maldita promesa), o sea que sólo tenía que esperar ocho horas y media… de repente ocho horas parecían una eternidad.
       Miguel se sentó en el último escalón e intentó ajustar sus ojos a la oscuridad, pero por más que se esforzaba, no podía ver nada. Creyó escuchar un ruido, pero no estaba seguro de donde venía.

          -Tranquilo, no es bueno que empecemos a imaginar cosas –Dijo en voz alta, más para convencerse a si mismo que otra cosa.

       Si bien sabía que no había pasado mucho tiempo, volvió a buscar la luz del reloj. Pero cuando el azulado resplandor apareció, Miguel tuvo que ahogar un grito al ver un rostro a un metro de distancia. Cuando su corazón se tranquilizó pudo comprobar que el objeto que casi lo mata del susto era un cráneo de toro apoyado sobre un montón de porquerías. El blanco hueso había reflejado la tenue luz y su mente había hecho el resto.
       Intentó reírse, pero no pudo. Tenía la boca seca y las manos sudorosas. Se las quiso secar en el pantalón pero notó que los pequeños pelos en la nuca comenzaron a erizársele. Sentía que alguien o algo lo estaba observando desde la azabache protección de la oscuridad.

          -Si intentan asustarme, ya les puedo decir que no van a lograrlo – Sus palabras sonaron más valientes de lo que realmente se sentía.

       Intentando poner su mejor cara giró para encontrarse con, lo que creía, iba a ser alguno de sus amigos. Pero sólo pudo ver unos dientes torcidos que salían de una calavera alargada. Sin poder moverse continuó mirando y descubrió en la parte superior, coronando la horrenda imagen, unos cuernos que se doblaban hacia ambos lados.

          -¿Cuántos cráneos de animales hay en este lugar? –No había terminado la frase que la calavera giró levemente, como si intentara entender las palabras que escuchó.

       Miguel grito con todo el aire de sus pulmones, aunque no lo pudo hacer por mucho tiempo, ya que una garra le tapó la boca.
       Cuando amaneció, sus amigos entraron a la casa para buscarlo. Gritaron su nombre pero sólo obtuvieron silencio como respuesta. Buscaron el sótano, ya que se suponía que ahí estaría de acuerdo lo que habían apostado, pero cuando bajaron sólo encontraron telas de arañas. El lugar estaba completamente desierto.
       El muchacho que estaba más alejado de las escaleras que descendían al sótano se detuvo en seco, miró las paredes como si fuera la primera vez que lo hacía.

          -¿Qué hacemos en el sótano de la casa embrujada? –La mirada de sus amigos mostraba la misma ignorancia que él sentía.

       Uno se rió, pero todos se dieron cuenta que era forzado. Se observaron unos segundos y como si se hubieran puesto de acuerdo subieron corriendo las escaleras casi al mismo tiempo y no pararon hasta que se sintieron seguros entre la gente que caminaba por la calle. Bromearon sobre como habían llegado a estar adentro de la casa, pero ninguno se acordaba. Sólo sentían que un nudo les apretaba el pecho.

lunes, 23 de enero de 2012

La Llave

        Cuando me levanté esa mañana, pensé que aquel día sería más o menos igual que el resto, siguiendo la rutina eterna de todas las semanas. Aunque algo aparentemente sin importancia lo iba a cambiar todo.
        En general, en la hora y media que tengo de receso laboral al mediodía, me dedico a caminar un poco por las concurridas calles del centro de la ciudad. Ese día, mientras paseaba sin rumbo, vi como a un hombre mayor se le caía algo del bolsillo. Me acerque y levanté el objeto, pero cuando busqué al viejo ya había desaparecido en el océano de gente que invadía diariamente el centro.
        El objeto que tenía en mi mano era una llave de forma aparentemente ordinaria, pero el material tenía un dejo de color verdoso que no encajaba exactamente en una llave normal. Una persona me chocó al pasar y, luego de pedirme disculpas, siguió su camino. Yo, fuera ya de mi estupor, guardé la llave en mi bolsillo derecho y continué caminando mientras imaginaba que puerta abriría aquella llave.
        Al volver a la oficina encontré un mensaje de uno de mis clientes más importantes, por lo cual, el resto del día fue agotador y no volví a reparar en la llave hasta que estaba a pocos metros de mi casa cuando, buscando instintivamente mis llaves en el bolsillo derecho, mi mano se topó con aquel extraño objeto que había encontrado al mediodía. Agotado como estaba por un día largo, no me percaté de mi equivocación e introduje la llave en la puerta, la cual destrabó la cerradura como si todo fuese normal. Pero cuando la puerta se abrió... oh Dios, puedo asegurar que el lugar que vi no era el hall de entrada de donde vivía. Del otro lado de la puerta había unas oscuras escaleras que, a escasos metros, descendían girando levemente hacia la izquierda. De pronto, un olor nauseabundo comenzó a subir desde aquellas abominables profundidades. Instintivamente cerré la puerta de mi casa y fue en ese momento que vi la llave que estaba colocada en la cerradura. Busqué en mi bolsillo mi verdadera llave, cuando la tuve finalmente entre mis dedos noté como mi mano temblaba sutilmente. Juntando coraje quité aquella llave verdosa e introduje la correcta, la cual hice girar dos veces hacia la izquierda. Conteniendo la respiración abrí nuevamente la puerta y gracias a Dios... el hall de mi casa se encontraba exactamente como lo recordaba.
        Momentos después atribuí aquella ilusión al cansancio acumulado, el stress y seguramente a alguna película de terror que vi medio dormido en los días anteriores. Pero esa noche, cuando me fui a acostar invadieron mis sueños imágenes de cuevas ciclópeas donde criaturas con escamas como piel, horribles ojos que brillaban en la oscuridad y garras en lugar de dedos deambulaban por todos lados. Al despertar consideré seriamente dejar de ver aquellas películas ya que, evidentemente me encontraba muy susceptible a los estímulos externos.
        Pero nada de lo que hiciera parecía servir de algo. Cada noche, las pesadillas de aquel lugar endemoniado volvían una y otra vez. Quien quiera que manejaba aquellos sueños me hacía observar contra mi voluntad como raptaban personas de la seguridad de su casa, arrastrándolas por aquellos escalones verdosos que descendían en espiral hasta las profundidades. Y una vez que estaban allí, varios de aquellos abominables seres comían del banquete aún vivo.
        Una noche, presencié el secuestro de una mujer rubia, arrancada de su propia cama mientras dormía y era llevada hacia la puerta antes de que se entere que estaba sucediendo. Le hicieron lo mismo que le habían hecho a las anteriores. Pero al despertar, completamente sudado, me encontraba aún presa del pánico. No podía borrar de mi mente el rostro de aquella mujer y sabía bien porque: era mi ex mujer.
        Aunque eran las cinco de la mañana llamé a su teléfono, nadie contestó. Empecé a discar el 911 pero me detuve después del segundo dígito ¿Que les iba a decir? ¿Que mi ex mujer había sido secuestrada por seres del inframundo del cual era testigo en sueños? Un escalofrío recorrió mi espalda. Me vestí rápidamente y fui hasta su casa, por suerte nos habíamos separado en buenos términos y aún conservaba una copia de la llave de su departamento. Entré llamando su nombre, prendiendo todas las luces a medida que avanzaba pero al llegar a su cuarto tuve que tomarme del marco de la puerta: su cama estaba deshecha y las sábanas habían sido arrastradas hacia la dirección del placard.
        Me acerqué lentamente hacia la puerta que había sido usada por las criaturas, giré la manija y lentamente la abrí, pero sólo encontré ropa prolijamente acomodada. Cerré la puerta de un fuerte golpe y comencé a caminar en círculos. En un movimiento brusco que realicé algo golpeó mi pierna. En ese momento recordé que todavía tenía la llave verdosa que había encontrado días atrás. Quizás todavía no era muy tarde, aunque yo había visto como era devorada por aquellos monstruos horribles. Tome la llave y la introduje en la cerradura del placard, giró sin ofrecer resistencia y al abrir me encontré nuevamente con aquellas oscuras escaleras que descendían girando levemente hacia la izquierda. No había dado el primer paso cuando aquel olor nauseabundo, proveniente de aquellas profundidades, me golpeó los sentidos. Recuperado, me tapé la boca y nariz con la remera y continué mi descenso hacia los abismos.
        No sé cuanto tiempo estuve bajando escalones, pero esta escalera no era la que recordaba del sueño. Las paredes eran distintas, las curvas no eran iguales... ¿Podría ser que cada llave abra una puerta distinta de ese horrible lugar? Intenté sacar aquellas preguntas de mi mente y concentrarme en no ser atrapado.
        Cuando, finalmente, llegué a donde sea que terminaba aquella escalera pude oír unas voces hacia mi derecha. Lentamente y con cuidado me acerqué. Ahí estaba ella, todavía viva, presa de esas criaturas abominables.

           - Por favor, venga. Lo estábamos esperando.

        No sé de donde provino aquella voz, pero todas las criaturas giraron hacia donde estaba escondido y puede ver, al otro lado del grupo, al hombre mayor del cual había tomado mi llave. El viejo sonreía y con su mano derecha me indicaba que me acercara.
        Aún dudando salí de mi escondite. Mi ex mujer estaba desmayada, seguramente ante la impresión de haber visto a esos horrores con escamas.

           - Esta es su iniciación -indicó señalándola- dé el primer bocado y sea uno con nosotros.

           - ¿Y porque querría ser uno con ustedes? -Respondí intentando que no se note el terror que sentía.

           - Muy bien -Dijo el viejo sin dejar de sonreír.

        Antes de que pueda reaccionar esas criaturas horribles me apresaron, quitándome la llave de mi bolsillo. Poco tiempo después perdí el conocimiento.
        Cuando desperté estaba muy aturdido, mis ojos no podían hacer foco y mi cabeza me dolía increíblemente. Escuché unos gritos ahogados no muy lejos, luego un fuerte ruido y una multitud de pisadas acercándose. Presa del terror grité agitando mis brazos hacia lo que no podía ver. Segundos después, varios brazos me tomaron y me empujaron contra una pared. Escuchaba voces pero no podía entender lo que me decían.
        Pasaron algunos minutos y finalmente, cuando pode tomar nuevamente el control de mi cuerpo, vi que estaba en el cuarto de mi ex esposa. En el suelo, sobre un charco de su propia sangre y con el torso abierto en dos yacían sus restos. El lugar estaba lleno de policías que iban y venían, tomaban muestras, fotos o simplemente miraban la macabra escena. Yo estaba esposado en el rincón más alejado, custodiado por dos oficiales.
        Hoy estoy en una celda aislado, esperando mi juicio por el asesinato de mi ex esposa. Mi abogado me preguntó varias veces que había pasado, pero no pude contarle la verdad, jamás me hubiera creído. No tengo forma de probar que mis experiencias fueron reales... mierda, ni yo lo termino de creer enteramente.
        Sólo puedo decirles, que cada vez que oigo una puerta abrirse, rezo por no sentir aquel olor putrefacto provenientes de los abismos, donde criaturas de ojos que brillan en la oscuridad esperan por venir a buscarme.

jueves, 20 de octubre de 2011

Un vestido

La puerta de la habitación se abrió silenciosamente. Sabía que no estaba bien entrar a hurtadillas en la habitación de su hijo, pero tenía motivos suficientes para hacerlo.
Franco, así había llamado a su primogénito, tenía ya casi treinta años; ya había entrado y salido de reformatorios, comisarías y alguna que otra cárcel en los últimos quince años.

Pero nos estamos adelantando, para entender bien los motivos de este padre, debemos remontarnos poco más de dos meses atrás, cuando la pequeña ciudad de tan sólo doce mil habitantes era titular en todos los noticieros nacionales y no justamente porque eran la capital provincial de la mariposa monarca.
Hacía tres meses que varios niños de entre ocho y doce años estaban desapareciendo. La policía poco entrenada por estos lugares, no tenía pistas firmes (o directamente no tenían pistas) por lo cual tuvieron que solicitar asistencia a la Capital Federal. Menos de una semana después, una camioneta con tres agentes especiales había llegado... más otras tres camionetas con antenas satelitales para transmitir en vivo y en directo cualquier hecho aterrador.

Los medios de comunicación se retiraron al cabo de sesenta días, cuando los nuevos agentes de la ley no pudieron descubrir nada y otra noticia comenzó a acaparar los escasos minutos televisivos.
Pero todo cambió dos días después, cuando en una gruta de difícil acceso, se encontraron zapatos y algunas prendas pertenecientes a los niños desaparecidos.

Franco no era un ejemplo a seguir, ni como hijo ni como ciudadano, solamente había tomado malas decisiones en su vida. Una de ellas fue involucrase con una niña de, según él, quince años la cual le hizo ganador de una temporada tras las rejas. El padre de Franco sabía que a los primeros que investigarían, si es que no lo habían hecho ya, era a las personas que tenían antecedentes.
Esa era el motivo por el cual estaba entrando a hurtadillas a la habitación de su hijo.
Revisó debajo de la cama, en el placar, en el escritorio y en el baúl que había a los pies de la cama sin hallar nada. No había encontrado absolutamente nada. Resignado dejaba la habitación, pero cuando estaba a punto de cruzar el umbral se detuvo en seco. Retrocedió sobre sus propios pasos y notó, para su sorpresa, que cerca de la cama había una tabla del piso que sonaba diferente cuando se paraba sobre ella. Con ayuda de un cuchillo que siempre llevaba encima logró levantar la tabla y con horror descubrió el botín de su hijo: Un vestido de niña.

Cuando Franco volvió a su casa después del trabajo, encontró a su padre sentado en el sillón tomando un vaso de whisky. Dejando el vaso medio vacío sobre una mesa cercana, su padre lo enfrentó y después de una acalorada discusión Franco terminó admitiendo que fue él el que guardo el vestido ahí. Su padre le lanzó el vaso que tenía pero Franco logró esquivarlo, aunque no se esperaba que llegara a continuación la trompada que lo tumbó al piso. Se levantó más rápido de lo que su padre esperaba y tomando un adorno que estaba sobre la biblioteca le dio un terrible golpe en la cabeza a su padre que cayó desmayado. Franco tiró el adorno ensangrentado hacia un rincón, miró el cuerpo inerte de su padre en el piso y lo escupió.
Con pasos lentos caminó hacia el baño y se mojó la cara. Observó que la trompada le quebró la nariz otra vez. Cada trompada que su padre la había dado a través de los años tenía siempre el mismo resultado. Tomó la toalla y cuidadosamente se secó, salió del baño y un ruido ensordecedor fue lo último que escuchó antes de caer muerto sobre la alfombra. En la sala, su padre bajó la escopeta de doble caño que aún humeaba. Se sentó abatido en su sillón y, después de tomar el teléfono, llamó a la policía.
No habían pasado ni cinco minutos cuando todos estaban ahí. La ambulancia se llevó el cadáver de Franco envuelto en una bolsa negra y su padre, después de admitir haberlo matado, fue llevado por las autoridades.

Al día siguiente fue la segunda vez que la ciudad aparecía en los titulares a nivel nacional, el asunto de los niños desaparecidos se estaba esclareciendo. El padre de franco fue sentenciado, aunque el juez fue benigno a la hora de dictar la pena dadas las circunstancias.
Tres días después todo volvió a la normalidad en la pequeña metrópolis.

Once años pasaron hasta que el padre de Franco pudo volver a su casa. La encontró abandonada, terriblemente venida abajo y casi inhabitable. Poco a poco la fue reparando, hasta que un par de meses después, ya parecía una vivienda nuevamente.
Con aire cansado, fue a su cuarto y abrió las puertas del placard de par en par, corrió la ropa colgada y accionó la traba oculta en la pared posterior. Un ligero “click” se escuchó mientras una ligera sonrisa se formó en su boca. La puerta-trampa no ofreció resistencia cuando la empujó. Adentro, el olor a humedad era fuerte pero no le importó, ya que sus trofeos estuvieron bien cuidados en bolsas transparentes bien selladas. Trece vestidos pequeños, trece premios que pudieron haber sido catorce si el idota de su hijo no hubiera encontrado el más reciente y robado para sus inmundas perversiones.
Pero ya nada de eso importaba, acarició sus trofeos lentamente, con satisfacción.
Estaba en casa otra vez.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Recorriendo el Laberinto

Bueno, ya para el que lo desee puede leer el libro “Recorriendo el Laberinto” online. O si lo desea se lo puede descargar en formato PDF.
El link es el mismo de siempre, el que está acá al costadito.
Obviamente, para el que quiera tenerlo en sus manos a la vieja usanza (o sea, en papel impreso, con tapa a color y todo) lo puede pedir en la misma página.

Todo está bajo una licencia de Creative Commons “Atribución-NoComercial-CompartirIgual” como de costumbre.

viernes, 9 de septiembre de 2011

¡Finalista!

Ayer la gente De los cuatro vientos me informó que soy finalista en el “XXV Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve”.
De 650 participantes del concurso, se eligieron por cada género a los 90 autores meritorios y se va a publicar una antología “Continuidad de las voces 2011”. La misma contará con más de 400 páginas, tapa a todo color, solapa, encuadernación cosida, trámite de ISBN y una tirada de 2000 ejemplares ¡Faaaaaaaaaaaaa!

El 16 de diciembre se hará la correspondiente entrega de premios, la publicación de la antología y, obviamente, dicen quien se lleva el premio mayor (Una edición de un libro particular)... veremos que tan bien nos va. Igualmente el hecho de ya estar en la final es emocionante!

En agradecimiento a mis dos seguidores, les informo que ya son dueños de una copia de dicha antología :D

Ah! Me olvidaba de algo importante: El cuento que está concursando es La Puerta! (La primera entrada de este blog)